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Noticias Amor y Rabia

Tomando a Piotr Kropotkin en serio

Published on: domingo, 21 de enero de 2018 // , ,

Por ÁLVARO GIRÓN

Hace más de una década comenzaba a dar los primeros pasos en lo que acabaría por convertirse en una larga indagación sobre Piotr Kropotkin. Por aquellas fechas, recién instalado en Inglaterra para una estancia posdoctoral, uno tendía a pensar que pocos serían los interesados en un teórico anarquista décadas después del colapso final del breve renacimiento ácrata posterior al 1968. Parecía que solo quedarían —como mucho— algunos rescoldos humeantes, convenientemente triturados en aquellos tiempos en que la ortodoxia thatcheriana —modernizada con convenientes ropajes blairistas— imperaba en la Gran Bretaña y más allá. Pues bien, pronto caí en la cuenta de que en la isla donde él vivió durante más de treinta años de exilio —desde 1886 a 1917— nunca se le olvidó del todo.

Ahora bien, el que Kropotkin no haya sido del todo olvidado no quiere decir necesariamente que se le haya tomado en serio. Las ambigüedades son especialmente notorias cuando hablamos de su pensamiento evolucionista. Por un lado, se ha alabado su contundente resistencia frente al —mal— llamado darwinismo social. También se le suele señalar como uno de los precedentes más claros de los estudios sobre altruismo entre animales. No obstante, la opinión general tiende a presentar la visión kropotkiniana de la naturaleza como algo que tenía más que ver con sus disposiciones personales (supuestamente benevolentes) o sus ideales políticos que con el desapasionado análisis que se le supone al científico. En realidad, la idea viene de lejos. Ya en la reseña publicada en 1903 en Nature de su obra capital, El apoyo mutuo (1902), se leía que Kropotkin atribuía «a los animales inferiores una benevolencia similar a la suya propia».

Uno de los intentos relativamente recientes de rehabilitación científica del evolucionismo a lo Kropotkin vino —quizá no por casualidad— de la mano del llorado Stephen Jay Gould, en su artículo «Kropotkin no era ningún chiflado» (1991). En él Gould, haciendo un uso generoso de la contribución de Daniel Todes (1989) sobre el darwinismo ruso, desafió la imagen del personaje idiosincrático que moldea las aristas de la economía natural en función de sus muy peculiares convicciones políticas: Kropotkin no era una rara avis, sino que sus ideas se entroncaban en una tradición peculiar del evolucionismo ruso. Un darwinismo sin Malthus, que tendía a subrayar el carácter capital de la sociabilidad —cuando no la solidaridad— en la lucha por la existencia que los seres vivos sostenían contra las dificultades ambientales. Lo que a Gould le resultaba tranquilizador era saber que, a pesar de las implicaciones políticas que había ido adquiriendo el darwinismo en Rusia, no poco de esa tradición antimaltusiana se basaba en un sólido trabajo de campo en los grandes territorios despoblados del imperio ruso. Ello contrastaba con la experiencia fundacional de alguien como Darwin, quien había nacido y vivido en una isla superpoblada y desarrollado parte de sus primeros pasos como científico en entornos tropicales. Dicho de otra manera, el sustrato del darwinismo antimaltusiano de Kropotkin no solo se asienta en ideales políticos aparentemente excéntricos, sino sobre todo en una tradición científica respetable, sólidamente anclada en el conocimiento empírico de un entorno natural peculiar.

Por bienintencionada que fuera la aproximación de Gould, sin embargo, uno se atrevería a discrepar en dos cuestiones fundamentales. La primera es que la contribución de Kropotkin no se puede ni se debe entender como una suerte de intrusión de un darwinismo peculiar aunque respetable —el ruso— en un entorno científico y social totalmente ajeno. Por el contrario, en la Europa Occidental existía un público más que preparado para aceptar que la sociabilidad ha tenido mucho que ver en la evolución, sobre todo en el caso de los animales. Como el propio Kropotkin reconoció públicamente, el terreno había sido convenientemente preparado por las aportaciones de personajes hoy olvidados como Alfred Espinàs, Jean-Louis de Lanessan o Ludwig Büchner. Más aún, era el propio Darwin el que se refirió en El origen del hombre al rol clave de los instintos sociales en la génesis del sentido moral. Ni Kropotkin ni su ciencia fueron periféricos en los debates posdarwinianos sobre ética y evolución.

La segunda discrepancia quizás sea más heterodoxa. El punto de vista de Gould, más que implícitamente, se basa en la convicción de que las ideas políticas indefectiblemente contaminan la obra científica: nos podemos tomar en serio a Kropotkin porque su peculiar darwinismo no está informado exclusivamente por su anarquismo, sino que debe bastante más a su experiencia en el hostil ambiente siberiano. Algunos, por el contrario, pensamos que hay buenas razones para dudar del hecho de que se puedan separar clínicamente ciencia y cultura (lo que incluye eso que llamamos política). Hoy admitimos que en la génesis de la teoría —o mejor, teorías— de Darwin, junto a los muy respetables pinzones y cirrípedos, algo tuvieron que ver la economía política de Malthus, la disidencia religiosa, su antiesclavismo militante o la dinámica expansiva del Imperio británico. No separamos a unos (la naturaleza), vistos como fuentes legítimas de conocimiento, de otros (la cultura), presentados como peligrosos contaminantes: todos son constitutivos del conocimiento. De la misma manera, permítanme que yo no haga esa misma separación cuando hablo de Kropotkin. Si hemos de entender su pensamiento, más vale lidiar con el viajero, el anarquista, el geógrafo, el respetable hombre de ciencia, es decir, con el hombre completo.
 
Bosques de la cuenca del Amur,
región explorada por Kropotkin.

El explorador, el revolucionario, el sabio venerable

Kropotkin nace en 1842 en una familia perteneciente a la más rancia aristocracia moscovita. A los quince años se incorporó al cuerpo de pajes de San Petersburgo, donde, además de recibir instrucción militar, tuvo acceso a una exquisita educación técnica y científica. Brillante estudiante, fue promovido a paje de cámara del zar en ese mismo año. De inclinaciones políticas liberales, pronto se desilusionó por el carácter reaccionario del ambiente palaciego de San Petersburgo. En 1862 se incorporó a un regimiento cosaco en Siberia (allí estuvo destinado hasta 1867), donde esperaba poder colaborar más efectivamente en la reforma del país. Después de un lapso durante el que trabajó arduamente en tareas administrativas, Kropotkin dedicó sus energías a la exploración científica. La experiencia siberiana le marcó la vida para siempre. Supuso, en primer lugar, la piedra de toque sobre la que construyó gran parte de su importantísima aportación al dominio de la geografía física. El contacto, además, con un ambiente aparentemente despoblado —como el siberiano— fue fundamental en la articulación posterior de su interpretación antimaltusiana del darwinismo. Y de manera aún más crucial en ese momento, determinó su pérdida de fe en la maquinaria del Estado a la hora de resolver los problemas reales del pueblo.

Sin embargo, el verdadero elemento catalizador desde el punto de vista político —como para muchos jóvenes de su generación— fue la Comuna de París (1871). Después de rechazar el puesto de secretario de la Sociedad Geográfica Imperial, hizo un viaje a Suiza: allí tomó partido decididamente por el socialismo anarquista. A la vuelta de su corta estancia en Suiza, se unió al famoso círculo populista de Chaikovski, hasta que fue hecho preso en 1874. Se fugó de las cárceles rusas dos años después para exiliarse en Gran Bretaña. Aunque se ganaba la vida con actividades tan respetables como las colaboraciones en Nature, The Times o la Enciclopedia Británica, su nueva vida como agitador anarquista estaba muy lejos de acabar. En los años siguientes, viviendo a caballo entre Gran Bretaña, Francia y Suiza, Kropotkin se convirtió en un extraordinario propagandista revolucionario, siendo fundamental su aportación tanto para la difusión del comunismo libertario como para la creación de una prensa libertaria de gran aliento teórico.

Esta actividad se vio bruscamente frenada. A fines de 1882, fue arrestado en Lyon. Desafortunadamente para las autoridades galas, el juicio que siguió a su detención se convirtió en una formidable plataforma de propaganda libertaria. Se consolida —además— el mito romántico del príncipe que renuncia a los privilegios de clase para abrazar la causa de los desposeídos, hasta el punto de generar una ola de simpatía hacia la figura de Kropotkin en la otra orilla del canal de la Mancha. Los años en la cárcel tuvieron efectos perdurables. Es en la cárcel de Clairvaux donde lee el trabajo del zoólogo ruso Karl Fiodorovich Kessler sobre la ayuda mutua en la evolución, decisivo, como él mismo confiesa, en la formalización de sus ideas al respecto. Por otra parte, su salud, ya debilitada por la estancia en las cárceles rusas, empeora hasta el punto de temerse por su vida. En enero de 1886 fue excarcelado, aunque se convirtió en un enfermo de por vida.

Tras la liberación, se exiló en Inglaterra. Estableció su residencia en los suburbios londinenses, dando fin a gran parte de su actividad clandestina. Inició, sin embargo, una actividad teórica de grandísimo calado. Su vida suburbial, en todo caso, no fue absolutamente anónima. El aura romántica del aristócrata que renuncia a su clase social, combinada con su gran reputación como viajero y geógrafo, le abre puertas y públicos nada comunes para un anarquista. Kropotkin no solo hacía públicas sus ideas en los órganos de prensa libertarios, sino que escribía habitualmente en revistas de gran impacto en círculos intelectuales, como The Nineteenth Century, la más aclamada de las monthly reviews, de cuya sección científica llegó a ser responsable. Participó, además, en las actividades de la Royal Geographical Society, llegando a ser miembro de la British Association for the Advancement of Science. Los largos años que residió en Inglaterra hasta su vuelta a Rusia en 1917 fueron años de apacible respetabilidad victoriana, aunque mantuvo un fuerte compromiso con la causa anárquica. Fue, sin duda, el período más fructífero desde el punto de vista intelectual, evolucionismo incluido.

Kropotkin contra Thomas Huxley, y más allá: «El apoyo mutuo»

En realidad Kropotkin comenzó a estar interesado en el darwinismo desde fechas tempranas. Su correspondencia refleja que en cierta manera estaba sometiendo la teoría darwiniana al test de la naturaleza siberiana a comienzos de los años 1860. Sus opiniones al respecto, sin embargo, solo vieron la letra impresa una vez exilado en Europa Occidental. Fue en 1882 en un obituario de Darwin publicado por la prensa libertaria francesa. El artículo es, de facto, una crítica al uso burgués del darwinismo y contiene algunos argumentos que reaparecerán después: las especies sociables son las más prósperas; la solidaridad es el factor clave en la supervivencia de las especies en su agónica lucha colectiva contra las fuerzas hostiles de la naturaleza. El texto, además, refleja su deuda con respecto a la visión que tenían sobre el asunto los zoólogos rusos.

En 1887, en dos artículos publicados en The Nineteenth Century y en un contexto de gran tensión social en Gran Bretaña, Kropotkin manifestó que el anarquismo y la filosofía de la evolución tenían los mismos métodos. Sin embargo, introdujo un matiz importante. Haciendo una crítica a Herbert Spencer, afirmó que las leyes de población maltusianas eran falsas y que no aportaban nada a la teoría de la evolución. Paralelamente, Thomas Henry Huxley, el viejo defensor de Darwin, estaba elaborando su propio guión político-científico en una dirección muy distinta. En 1888, en la propia The Nineteenth Century, Huxley empezó a dibujar el retrato de la naturaleza como un conjunto de procesos amorales y brutales, absolutamente incapaz de proporcionar cualquier tipo de criterio sobre el que fundar la moral. Es la respuesta de Huxley tanto a la ética evolucionista de Spencer como a su ultraliberalismo político. Ahora bien, aunque su posición es congruente con un nuevo liberalismo reformista que consideraba necesario cierto nivel de intervención del Estado, Huxley subrayaba con igual fuerza que la presencia permanente del espectro maltusiano y la persistencia de instintos agresivos primordiales imponían severos límites a los proyectos de reforma radical y revolucionarios. Todo ello llevó a Kropotkin a responder en una serie de artículos publicados en la misma revista entre los años 1890 y 1896, y que fueron finalmente reunidos en un volumen titulado Mutual Aid. A Factor of Evolution, publicado en 1902.

Ahora bien, el objetivo de El apoyo mutuo no era simplemente Huxley. Kropotkin se lanzó a criticar lo que él veía como toda una escuela que utilizaba como eslogan la lucha por la existencia. El libro se convirtió en un ataque a aquellos discípulos de Darwin que, a su parecer, solo veían en la naturaleza sus aspectos más brutales. El príncipe anarquista reconocía que la lucha por la existencia —en el sentido de una competencia real por el alimento y el espacio— existía en el mundo de lo vivo, pero que no era fácil que tuviera efecto. Era muy raro que se llegara al umbral maltusiano de un combate efectivo entre individuos por el alimento. En contraposición, Kropotkin destacaba el papel predominante de lo que, según él, Darwin había llamado «lucha metafórica por la existencia», es decir, la lucha colectiva que las especies sostienen contra las condiciones hostiles del medio y contra otras especies. Para él estaba claro que la mejor arma en ese tipo de lucha era la sociabilidad. Los más aptos son aquellos animales que adquieren hábitos de apoyo mutuo.

Por otro lado, para Kropotkin, la lucha entre individuos de la misma especie no puede producir ningún tipo de progreso evolutivo, sino lo contrario. Establecer límites a la competencia maltusiana mediante el auxilio mutuo es la clave de la evolución progresiva. La sociabilidad —el apoyo mutuo— no solo limita la lucha, sino que es condición necesaria para el desarrollo de las facultades más elevadas, como la inteligencia y la moralidad. Ello le llevó a otra conclusión correlativa. Kropotkin, al contrario que Huxley, pensaba que la moralidad estaba fundada en natura, no existía un proceso ético que oponer a una supuesta naturaleza amoral. Lejos de ser un desarrollo tardío, un fruto de la civilización, nuestro sentido moral estaba profundamente anclado en nuestro pasado biológico: son millones de años de evolución que hablan en nosotros.
 
Kropotkin 'versus' Huxley.

De la ética al neolamarckismo

No es extraño, pues, que Kropotkin tratara de desarrollar las consecuencias éticas del punto de vista adoptado en su Mutual Aid. En el período comprendido entre 1890 y 1914 empezó a parecerle una necesidad perentoria. La creciente influencia de la filosofía de Nieztsche —conspicua incluso en las filas libertarias— así como el rearme patente del catolicismo en el fin de siglo aparecían como nuevas amenazas. En el año 1904 publica dos artículos en The Nineteenth Century destinados no solo a conjurar los peligros, sino a servir de base a lo que él quería que fuera una obra acabada sobre moral basada en la filosofía evolucionista. Una nueva ética —que vendría según sus propias palabras a segar la hierba bajo los pies del cristianismo— en la que la huella inspiradora del Darwin de El origen del hombre se hace explícita. Sin embargo, Kropotkin pronto encontró un obstáculo en su tradicional bestia negra: Thomas Malthus. Según el anarquista ruso, los biólogos se resistían a reconocer el apoyo mutuo como principal característica de la vida animal porque advertían que estaba en abierta contradicción con el feroz combate por la vida entre individuos que se desprende necesariamente de las limitaciones maltusianas de espacio y alimento. Este era el verdadero fundamento —según ellos— de la teoría darwiniana de la evolución. Aun cuando se les recordara que Darwin en El origen del hombre había subrayado el papel clave de la sociabilidad y de los sentimientos simpáticos en la preservación de las especies, estos mismos naturalistas eran incapaces de reconciliar esta afirmación con el peso indudable que el propio Darwin y Alfred R. Wallace asignaron a la lucha interindividual en su teoría de la selección natural. Kropotkin asumió la existencia de esta contradicción. Maltusianismo y dominio de la solidaridad en la economía de la naturaleza eran mutuamente excluyentes.

Kropotkin trató de sortear el obstáculo postulando una síntesis entre darwinismo y lamarckismo en una serie de artículos publicados en The Nineteenth Century a lo largo de la década de 1910. Una síntesis en que la selección natural sería en gran medida fagocitada por la acción directa del medio sobre los organismos, influencia ambiental que sería transmitida a la descendencia mediante la herencia de los caracteres adquiridos. Para ello trató de probar, fundamentalmente, que la selección natural de variaciones producidas al azar o accidentalmente no podía dar cuenta de la evolución progresiva, mientras que la acción directa del medio transmitida hereditariamente sí lo hacía. Para ello era fundamental demostrar que la herencia de los caracteres adquiridos no solo no era una imposibilidad teórica, sino que empezaba a gozar de cierta base experimental. De hecho, su intento de rehabilitación de Lamarck le llevó a estudiar en profundidad no solo los trabajos de los modernos neolamarckianos, sino también las teorías hereditarias duras opuestas, muy singularmente la de August Weismann.

Quizás para algunos este apoyo postrero a las tesis neolamarckianas ilustre mejor que nada en qué medida Kropotkin es un caso más de cómo preocupaciones extracientíficas llevan a algunas mentes privilegiadas a incurrir en graves errores. Esta es una forma de ver las cosas no solo simplista, sino básicamente errónea: se trata de un anacronismo. El anarquismo de Kropotkin no le llevó a sostener ideas peregrinas, sino a defender planteamientos ampliamente compartidos por parte importante de la comunidad de biólogos del tiempo que le tocó vivir. No solo la crítica a las teorías de Weismann se había generalizado en Francia y en la propia Alemania, era el propio mendelismo —al que Kropotkin no daba especial importancia— el que no resultaba creíble para explicar el fenómeno global de la herencia. Algo parecido se puede decir de su teoría del apoyo mutuo. ¿Antropomorfismo? Desde luego no mayor que el del propio Darwin. En realidad, la ingenuidad de Kropotkin no deja de ser una ilusión retrospectiva. Una ilusión alimentada por el hecho de que tanto en ciencia como en política se alineó en el bando que acabó por ser el perdedor. Es posible que en un tiempo menos sectario, tanto en ciencia como en política, nos acerquemos a su figura de otra manera. Mientras tanto, si se quiere entender algo de los debates posdarwinianos en las últimas décadas del XIX y principios del XX, va siendo hora de tomarse en serio a Kropotkin.

13/05/2011

De la acción solidaria al golpe de Estado

Published on: sábado, 13 de enero de 2018 // , ,
El mismo logotipo del movimiento serbio 'Otpor!'
y el georgiano 'Kmara!', ha servido para otras organizaciones
como el 'Movimiento Juvenil 6 de Abril' de Egipto,
el 'JAVU' en Venezuela y 'Oborona' en Rusia.

Por JAVIER BARRAYCOA

Desde la Albert Einstein Institution, Gene Scharp elaboró, acabando la Guerra Fría, la teoría de los golpes de Estado soft («suaves»). En los últimos decenios, Estados Unidos ha aplicado esta doctrina para conseguir cambios de régimen político en países extranjeros sin necesidad de aplicar la violencia. Para llevar a cabo semejantes proyectos, se han fundado multitud de ONG ad hoc que dependen de los presupuestos del Gobierno federal norteamericano. Si tradicionalmente el Gobierno estadounidense financiaba partidos, sindicatos o guerrillas, ahora subvenciona Organizaciones No Gubernamentales. El entramado de fundaciones, institutos y asociaciones humanitarias con las agencias gubernamentales generan un complicado organigrama donde lo privado y lo público acaba confundiéndose. Un ejemplo es el Open Society Institute del siempre oscuro George Soros. Este instituto aporta fondos a numerosas ONG que sirven a sus intereses políticos y económicos. El papel del Open Society Institute fue clave para configurar la oposición al régimen serbio de Milosevic en el año 2000. Soros financió el Centro para la Resistencia No Violenta de Belgrado. Éste era un foro donde diversos intelectuales encontraron resonancia mundial. La asociación Otpor! («¡Resistencia!»), que preparaba cuadros dirigentes para organizar manifestaciones opositoras, también fue subvencionada por el mismo Instituto.

Miembros de Otpor viajaron a Georgia para asesorar una ONG muy semejante: Kmara! («¡Basta!»), también al servicio de Soros. Esta organización se dedicó a poner en tela de juicio los resultados electorales de las legislativas de 2003. Fue la llamada «revolución de las rosas». Sus protestas tuvieron resonancia internacional y fueron «corroboradas» por otras asociaciones encargadas de velar por la limpieza en el proceso electoral. Lo que nadie dice es que estas organizaciones dependen, a su vez, de las subvenciones del Gobierno norteamericano o de otras instituciones mundialistas. Entre estas sospechosas ONG las más famosas son la Fair Elecctions Society, financiada por el British Council; la International Foundation for Election Systems; el Global Strategy Group, subvencionado por Soros; o la Eurasia Foundation, subvencionada por el Gobierno de Estados Unidos. Gracias a estas asociaciones, se consiguió un incruento cambio de gobierno en Georgia o que el hombre de Soros en Ucrania, Kaja Lomaia, fuera nombrado ministro de Educación. El nuevo presidente georgiano Mijail Saakashvili, protagonista de la «revolución rosa», había cooperado anteriormente con diversas ONG subvencionadas por Estados Unidos y acudía frecuentemente a Belgrado para asistir a las reuniones de las organizaciones controladas por Soros.

Esta constelación de «grupos humanitarios» actúa bajo una estrategia común. Algunos denuncian atentados contra los derechos humanos por parte de un determinado gobierno. Otros reúnen intelectuales y preparan cuadros dirigentes. Todos, ante un proceso electoral, niegan la validez de los comicios haciendo creer que los resultados que ellos registran no coinciden con los gubernamentales. Por fin, la presión internacional se hace insoportable y un gobierno cae. La estrategia se ha estandarizado y en los últimos años hemos asistido a la caída de muchos gobiernos sin derramamientos de sangre en los antiguos países comunistas.

Una de estas «revoluciones de terciopelo» que más resonancia ha tenido ha sido la «revolución naranja» en Ucrania. El proceso ha sido muy semejante al de Serbia. El actual beneficiado de la «revolución naranja» es Víktor Yushchenko. Antes de protagonizar la oposición que hizo caer el Gobierno era miembro del International Center for Policy Studies, una ONG muy activa en Ucrania. Esta organización está financiada por la Poland-America-Ukraine Cooperation Inicitative, una ONG subvencionada a su vez por el Gobierno norteamericano. Lo que los medios denominaban la «sociedad civil» no dejaba de ser, en estos casos, un montaje de estas organizaciones y de aquellos que las mantienen con fondos públicos o privados. De lo que sí estamos seguros es que detrás hay intereses concretos que acaban siendo cobrados.

Los mitos actuales al descubierto
(2008)



    (Nota de AyR: Recordemos también que fue la fundación de Soros quién asesoró a los políticos que llevaron a cabo el fallido 'Procés' en Cataluña el pasado año 2017.)

Murray Bookchin y la Revolución española de 1936

Published on: jueves, 4 de enero de 2018 // , ,

Por DEBBIE BOOKCHIN*

Para él (Murray Bookchin) fue la revolución más decisiva de la historia. Creía que los colectivos anarquistas proporcionaban el ejemplo más avanzado de las mejores tendencias liberadoras en el ser humano: autoorganización, apoyo mutuo, igualitarismo, liberación de la mujer, etc. Además, vio en los colectivos anarquistas un modelo vivo con el que los revolucionarios deberían estar familiarizados, porque trataba de ir mucho más allá de la reforma económica. Desafiaron los propios cimientos de la sociedad, abogando por la liberación en todos los niveles de la existencia humana. Mi padre también entendió que la experiencia en España contenía valiosas lecciones para los revolucionarios sobre el poder, específicamente a raíz de los hechos de julio de 1936, cuando los trabajadores de Cataluña derrotaron a las fuerzas de Franco y organizaron una gran red de consejos vecinales para organizar la defensa, la producción fabril, los suministros y el transporte de las mercancías. Teniendo el control sobre la región, gracias al sindicato revolucionario de la CNT-FAI y a la colectivización campesina de la tierra, algunos trabajadores militantes pidieron a los líderes de la CNT que asumieran el poder que habían conquistado. Durruti rechazó el poder político, que siguió en manos de Lluis Companys. Mi padre pensaba que esta renuncia permitió a las clases dominantes remodelar el gobierno obrero en un estado democrático burgués cada vez más estalinista como contraprestación a la ayuda soviética. De este error, dijo mi padre, debemos aprender algo: el poder nunca puede ser simplemente abolido; siempre está ahí y la cuestión que siempre se planteará es: ¿en manos de quién residirá? No debemos ocultar el problema que conlleva el poder; debemos estar dispuestos a asumirlo a nivel local y darle su forma más liberadora y emancipadora.

  * Extracto de la entrevista a la hija de Murray Bookchin en el último número de la revista AJOBLANCO. (Algo que últimamente algunos libertarios de hoy en día parecen haber olvidado ante los recientes acontecimientos apoyando el 'Procés' de la oligarquía catalanista.)

A todos los judíos del mundo

Published on: miércoles, 6 de diciembre de 2017 // , ,

Por NESTOR MAJNÓ

¡Ciudadanos judíos! En mi primer «Llamamiento a los judíos», publicado en el periódico francés Le Libertaire, me dirigía a los judíos en general, en respuesta a lo que afirman burgueses y socialistas junto a «anarquistas» como Yanovski, que me acusan de pogromista y califican de antisemita al movimiento de liberación de campesinos y trabajadores ucranianos que lideré; para que me detallaran hechos concretos en lugar de imputaciones genéricas: simplemente, que me dijeran dónde y cuándo perpetré, o el movimiento antes mencionado perpetró, actos de ese tipo.

Había esperado a que los judíos en general contestaran a mi «Llamamiento», que apareciera gente ávida por descubrir al mundo civilizado la verdad acerca de estos criminales responsables de las matanzas de judíos en Ucrania o que intentaran basar sus vergonzosos relatos sobre mí y sobre el movimiento majnovista en hechos probados en los que pudieran comprometerme y que los presentaran ante la opinión pública.

Por el contrario, no he visto que ningún judío haya presentado pruebas. Lo único que ha aparecido hasta el momento en la prensa, reproducido también por ciertos órganos anarquistas judíos, acerca de mí y el movimiento insurgente que lideré, no ha sido otra cosa que el producto de las más vergonzosas mentiras y de la grosería de ciertos maniobreros políticos y sus paniaguados. Además, hay que decir que las unidades revolucionarias combatientes compuestas por trabajadores judíos jugaron un papel de primer orden en el movimiento. La cobardía de los difamadores no me afecta, ya que siempre les he tratado como lo que son. Los ciudadanos judíos pueden estar seguros de ello si observan que no dije ni una sola palabra sobre la farsa salida de la pluma de un tal Joseph Kessel con el título de «Majno y sus judíos», una novela escrita sobre la base de la desinformación acerca de mí y del movimiento conectado conmigo organizativa y teóricamente. La sustancia de esta farsa está tomada de un lacayo lameculos de los bolcheviques, un tal Coronel Gerasimenko, recientemente condenado por los tribunales checos por espionaje para una organización militar bolchevique. La 'novelucha' está también basada en artículos escritos por un periodista burgués, un tal Arbatov, que desvergonzadamente me atribuye toda clase de violencias perpetradas contra una compañía de «artistas enanos». Una invención de principio a fin, por supuesto.

En esa novela simplemente compuesta por falsedades, Kessel me describe de un modo tan odioso que, al menos en aquellos pasajes que toma prestados de Gerasimenko y Arbatov, debería haber nombrado sus fuentes. Dado que la falsedad representa el principal papel en esta novela y que las fuentes son inconsistentes, el silencio fue la única respuesta que creí oportuno dar.

Tengo una visión bastante diferente de las calumnias que parten de asociaciones judías que buscan hacer creer a sus correligionarios que han examinado cuidadosamente los actos viles y flagrantemente injustos perpetrados contra la población judía de Ucrania y que buscan denunciar a sus autores.

Hace algún tiempo una de estas sociedades, que por cierto tiene su sede en el reino de los bolcheviques, editó un libro, ilustrado con fotografías, sobre las atrocidades cometidas contra la población judía en Ucrania y Bielorrusia, con base en materiales aportados por el «camarada» Ostrovski, lo cual quiere simple y llanamente decir que en base a lo aportado por los bolcheviques. En este documento «histórico» no se menciona en ningún lado los pogromos llevados a cabo por el jactancioso Primero de Caballería del Ejército Rojo a su paso por Ucrania en ruta hacia el Cáucaso en mayo de 1920. Por el contrario, dicho documento menciona varios pogromos y los ilustra con fotografías de insurgentes majnovistas, aunque no está claro qué pintan allí, eso por un lado, y por otro, que de hecho ni siquiera son majnovistas, como lo testimonia el hecho de que se quiere dar a entender que se muestra a «Majnovistas en acción» mediante la foto de una bandera negra sobre la que se muestra una calavera: se trata de una fotografía sin conexión con pogromos y, sobre todo, y especialmente, que no muestra a ningún majnovista.

NO es una bandera 'majnovista'
y ellos son soldados 'petliuristas'.

Un fraude aún más significativo, conmigo y con los majnovistas como blanco, puede verse en las fotografías de las calles de Alexandrovsk, supuestamente tomadas a continuación de un pogrom organizado por majnovistas en verano de 1919. Esta burda mentira es imperdonable para la asociación judía responsable de la publicación, ya que todo el mundo en Ucrania sabe que en aquel entonces el ejército insurgente majnovista se encontraba lejos de esa región: había retrocedido a Ucrania occidental. De hecho, Alexandrovsk estuvo bajo control bolchevique desde febrero hasta junio de 1919 y luego en manos de Denikin hasta otoño.

Con estos documentos, la asociación judía de tendencia bolchevique nos ha injuriado gravemente al movimiento majnovista y a mí: incapaces de hallar evidencias documentales con las que denostarnos (en beneficio de sus patrocinadores) cargándonos pogromos antisemita, ha recurrido a descarados engaños que no tienen relación alguna ni conmigo ni con el movimiento insurgente. Su falsedad aparece con aún mayor claridad cuando reproducen una fotografía que titulan «Majno, un "pacífico" ciudadano» donde quien aparece retratado es alguien absolutamente desconocido para mí.

Por todas estas razones consideré que era mi deber dirigirme a la comunidad judía internacional para mostrarles la cobardía y la mentira de ciertas asociaciones judías de la órbita bolchevique que nos acusan de pogromos antisemitas a mí y al movimiento insurgente que lideré. La opinión judía internacional debe examinar escrupulosamente en qué se sustentan estas infames imputaciones, porque el esparcir tales infundíos no es precisamente la mejor manera de establecer, a los ojos de todos, la verdad sobre lo que soportó la población judía ucraniana, no olvidando el hecho de que estas mentiras sólo sirven para desfigurar por completo la Historia.

Dielo Truda
(Nº 23-24 / abril-mayo 1927)

Organización vegetal descentralizada

Published on: jueves, 16 de noviembre de 2017 // , ,

Por STEFANO MANCUSO

«El contrato social por excelencia es un contrato de federación:
un contrato sinalagmático y conmutativo para uno o muchos
objetos determinados, cuya condición esencial es que los
contratantes se reserven siempre una parte de soberanía
y de acción mayor de la que ceden.»
P.J. PROUDHON

El mundo vegetal podría ser hoy un óptimo modelo de lo moderno. Todo cuanto la humanidad ha construido hasta ahora lo ha hecho inspirándose inevitablemente en cómo está hecho el propio ser humano. El hombre tiene una organización centralizada basada en un cerebro que gobierna el conjunto de los órganos. Nuestro cuerpo tiene una estructura jerárquica que se refleja en el modo en que se organiza todo lo que construimos. Nuestras sociedades son jerárquicas; los dispositivos, aparatos y máquinas de que nos servimos para los más variados fines están construidos a nuestra imagen y semejanza, por así decir. Y, por tanto, con una estrecha relación jerárquica entre un centro de mando y todo cuando depende de éste. Ahora bien, si las observamos con atención, las plantas pueden brindarnos un ejemplo de organización del todo distinto. Si bien manifiestan una complejidad indudablemente no inferior a la del mundo animal, ellas han evolucionado siguiendo un camino distinto que las ha llevado a desarrollar una organización del cuerpo que nada tiene que ver con la de los animales. Los organismos vegetales están constituidos por una serie de módulos que se repiten. Se asemejan mucho más a una colonia de insectos que a un individuo. En otras palabras, no tienen una organización centralizada; en ellas todo es difuso y nada queda delegado a un órgano específico. En cierto sentido, es como si la planta fuese una colonia. El conjunto de la colonia, más que la hormiga individual, es lo que mejor representa el modo en que están hechas y funcionan las plantas. Hasta el punto de que la estructura del aparato radical [las raíces], el modo en que éste explora el terreno y explota sus recursos, ha sido descrito recientemente mediante modelos de comportamiento de enjambre, similares a los que utilizan para el estudio de los insectos sociales.

El cuerpo de las plantas presenta una reiteración de módulos base, una construcción redundante diríamos hoy, constituida por muchos elementos repetidos que interactúan entre sí y que, en determinadas condiciones, pueden sobrevivir de forma autónoma. Además, carecen de órganos vitales individuales. Una decisión muy sabia tratándose de organismos sometidos continuamente a la depredación y cuyo cuerpo está construido para resistir la eventualidad.

Las plantas tienen una inteligencia y un gobierno distribuidos, articulados, ramificados, es decir, que cada módulo es capaz de autogestionarse. Por este motivo … la organización … constituida por una serie de pequeños círculos que actúan de forma autónoma aunque con una idea concreta del resultado que quieren alcanzar, tiene mucho de vegetal.

Recuerdo que una vez, en la India, vi un fresco que reproducía la organización de la sociedad hindú dividida en castas. El esquema estaba construido tomando como modelo el cuerpo de un hombre: la cabeza representaba la clase más elevada, esto es, la de los brahmanes; luego estaban los guerreros, representados por los brazos; los mercaderes, por las piernas; los campesinos y los ciudadanos comunes, por la barriga, y los intocables, por los pies. Sin embargo, hoy en día las plantas podrían ser un modelo de inspiración mucho más interesante que nuestro propio cuerpo. Una inspiración en absoluto trivial si consideramos que éstas no sólo están hechas de forma distinta a nosotros, sino, sobre todo, de un modo que les ha permitido llegar a representar la práctica totalidad de la vida del planeta. Las plantas están descentralizadas. Cada vez que el hombre ha tenido que construir algo descentralizado, crear una organización compleja y articulada, ha emulado el mundo vegetal sin ser consciente de ello.

Pensemos, por ejemplo, en internet. Esta enorme red global nace en los años setenta como un sistema de intercambio de datos entre bases militares estadounidenses —por entonces se llamaba Arpanet—, un sistema que debía ser resistente y capaz de sobrevivir a la pérdida de gran parte de la red. Antes de Arpanet, la comunicación entre los distintos organismos militares o civiles que integraban el sistema de defensa de Estados Unidos estaba construida a partir de un mando central por el cual debía pasar por fuerza toda la información. Igual que ocurre con nuestro cerebro. Sin embargo, un sistema como ése no poseía ninguna de las características de robustez y solidez que requiere una red de defensa militar. Un solo ataque dirigido contra el centro de mando habría sido suficiente para anular la capacidad defensiva de Estados Unidos. Para remediar esta vulnerabilidad, se creó un sistema descentralizado, sin mando central, que con el tiempo fue extendiéndose hasta convertirse en internet.

Los mandos centralizados son estructuralmente débiles, siempre. El hombre está muy orgulloso de la constitución de su cuerpo, pero desde el punto de vista de la resistencia creo que no hay duda de que nos faltan las precauciones más elementales. Que tener un centro de mando sea inevitablemente un defecto de diseño no es en absoluto una intuición reciente. Uno de los primeros en señalarlo fue Marx, que escribió que «todo lo que es sólido se desvanece en el aire». Recuerdo que esta frase del Manifiesto comunista con la que Marx y Engels describen la fuerza destructiva del capitalismo, que todo lo arrasa (sociedad, economías, clases, jerarquías), fue también el título del exitoso libro de Marshall Berman sobre la experiencia de la modernidad. ¿Cuál es el significado más profundo de esa afirmación? Por poner un solo ejemplo: que el Estado centralizado como emblema moderno está destinado, antes o después, a caer… Todas las organizaciones que nosotros tenemos por solidas e inamovibles en virtud de su centralizada y férrea jerarquía son, por el contrario, muy frágiles. Es por eso que una sociedad y un futuro sólidos deberían tomar como ejemplo —por extraño que pueda sonar— el modo en que las plantas están construidas y funcionan.

Biodiversos
(2015)

Agricultores y cazadores se mezclaron en Europa durante 3.000 años

Published on: domingo, 12 de noviembre de 2017 // , , ,

  El mayor estudio paleogenético realizado hasta la fecha, que ha contado con la colaboración del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, ha permitido recuperar y analizar 180 genomas de Hungría, Alemania y España de hace entre 8.000 y 4.000 años. Los resultados revelan que los primeros agricultores se entrecruzaron con los cazadores locales durante miles de años y que el proceso de neolitización del continente europeo fue más complejo de lo que se pensaba hasta ahora.

8 noviembre 2017

El cambio del modo de vida cazador-recolector a agricultor representa la mayor transición demográfica experimentada por el ser humano en millones de años. La agricultura surge en Oriente Próximo hace unos 10.000 años y posteriormente se expande hacia Europa, donde en pocos miles de años reemplaza a los cazadores mesolíticos.

Aunque desde hace algunos años se sabe que ambos grupos eran genéticamente distintos gracias, en parte, al análisis del genoma del primer genoma mesolítico (el del 'hombre de La Braña' en León), las dinámicas locales de este proceso de reemplazamiento eran hasta ahora poco conocidas.

Ahora, un equipo de investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha logrado secuenciar el ADN de 180 muestras antiguas procedentes de tres regiones de Europa: Hungría, Alemania y España.

«Gracias a esta secuenciación se ha podido determinar que en los tres casos, después de la llegada inicial de los primeros agricultores, estos se entrecruzaron con los cazadores locales a lo largo de varios siglos», explica Carles Lalueza-Fox, investigador del Instituto de Biología Evolutiva, un centro mixto del CSIC y de la Universitat Pompeu Fabra (UPF), y coautor estudio publicado en Nature.

«Los genomas de los agricultores del Neolítico Medio, Final y del Calcolítico de la península ibérica muestran cerca de un 25% de componente genético procedente de cazadores afines a La Braña, mientras que los de Europa central muestran afinidades con cazadores de esa región», añade el investigador.

Un panorama más complejo

En algunos casos, especialmente en Europa central, se detectan individuos con ancestralidades mixtas e incluso cazadores que se incorporaron a vivir a las comunidades agrícolas y fueron enterrados allí. «Este descubrimiento dibuja un panorama más complejo del que existía hasta ahora sobre el proceso de neolitización, que ya no puede considerarse únicamente una migración de agricultores ni un proceso demográfico uniforme», señala Lalueza-Fox.

El análisis de más individuos de la prehistoria de la península ibérica ayudará a completar este panorama y a entender los cambios genómicos que tuvieron lugar con posterioridad, con la llegada de los metales e incluso con migraciones que ocurrieron en tiempos históricos.

Según Lalueza-Fox, «en estos momentos disponemos de cerca de 400 genomas ibéricos antiguos de todas las regiones y períodos, desde el Mesolítico hasta la Edad Media, que siguen mostrando cambios genéticos posteriores que podrán correlacionarse con cambios a nivel arqueológico».

En el estudio se utilizan datos genómicos de 38 muestras de España, de las cuales 17 no se habían reportado antes, y que incluyen yacimientos de Burgos y de Álava.


Referencia bibliográfica:
Mark Lipson, et al. «Parallel palaeogenomic transects reveal complex genetic history of early European farmers». Nature. DOI: 10.1038/nature24476

La Revolución rusa, una revolución libertaria (y II)

Published on: miércoles, 8 de noviembre de 2017 // , ,
El acorazado 'Aurora' ilumina el Palacio de Invierno
en la madrugada del 8 de noviembre de 1917.


Por FERNANDO ÁLVAREZ-URÍA


El domingo sangriento

El 22 de enero de 1905 una gran multitud se dirigía pacíficamente en San Petersburgo hacia el Palacio de Invierno para pedir justicia al zar Nicolás II. El ejército cargó brutalmente contra los manifestantes causando cien muertos y centenares de heridos. A partir de entonces las protestas populares se sucedieron en cascada. El 15 de junio tuvo lugar la insurrección de los marineros del acorazado Potemkin que enarbolaron la bandera roja de la revolución social. Eisenstein inmortalizó en una película los acontecimientos. Del 20 al 30 de octubre de ese mismo año los trabajadores convocaron una huelga revolucionaria, de modo que Nicolás II terminó promulgando el Manifiesto de Octubre en el que prometía libertad de asociación, libertad de expresión y apertura de la Duma, el Parlamento, así como elecciones libres. Tras las elecciones, y en un clima de Cortes constituyentes, el zar optó a los 73 días por disolver el Parlamento. Sin embargo la dinámica social de protestas que se había abierto en Rusia en 1905, motivada en buena medida por el descontento popular frente a la guerra ruso-japonesa, señalaba un cambio de rumbo respecto al Antiguo Régimen.

El interés de los intelectuales europeos por Rusia se había avivado con las guerras napoleónicas y creció con el importante desarrollo de la literatura rusa. Como observó Maximilian Rubel no es una exageración afirmar que Marx dedicó los últimos años de su vida a descifrar el misterio de la revolución en Rusia, interés que no era ajeno al duro enfrentamiento mantenido con Bakunin en el seno de la AIT. En unas anotaciones de Marx a Estatismo y anarquía de Bakunin reprochaba al revolucionario ruso la creencia de que una revolución económica pueda surgir en cualquier tipo de sociedad. Para Marx la revolución en una perspectiva socialista requiere previamente la industrialización y la revolución burguesa, es decir, unas condiciones sociales e intelectuales propias de un tipo de sociedad económicamente desarrollada. No es extraño por tanto su reproche a Bakunin: «¡Pretende que la revolución social europea, fundada sobre la base económica de la producción capitalista sea efectuada por los agricultores y pastores rusos y eslavos…! El voluntarismo y no las condiciones económicas es la base de su revolución social» [12]. Marx creía que en Rusia había condiciones para una revolución rural antiseñorial, y que esta podría coexistir con la revolución proletaria en Occidente. Así lo ponen de relieve Marx y Engels en el prólogo a la segunda edición rusa del Manifiesto comunista, un año antes de la muerte de Marx.

Rubel defiende la idea de que frente a la concepción de Marx, para quien el proletariado es el sujeto consciente que opera su propia emancipación rompiendo las cadenas de la explotación capitalista, Lenin planteó la necesidad de que una minoría consciente, organizada jerárquicamente en el interior del partido revolucionario, fuese la responsable de inculcar en el proletariado, desde fuera, la conciencia revolucionaria. Así fue como se pasó de la autodeterminación de la clase obrera a la sumisión de la clase obrera a la iniciativa del Partido Comunista, convertido en la verdadera vanguardia de la revolución. «¡Dadnos una organización de revolucionarios y removeremos a Rusia de sus cimientos!», escribió Lenin en el ¿Qué hacer?. Por delante aún de esa vanguardia, en consonancia con una organización que reposaba sobre el llamado 'centralismo democrático' —una contradicción en los términos— reinaba a sus anchas el Secretario General del Partido, convertido en el dirigente máximo dotado de poderes totales. Se comprende así la tesis de Rubel según la cual «sin Lenin no hay Stalin». Fue Lenin quien defendió la subordinación de la voluntad de miles de hombres a la de uno sólo, y quien defendió que «la experiencia irrefutable de la historia muestra que la dictadura personal ha sido con mucha frecuencia, en el curso de los movimientos revolucionarios, la expresión de la dictaduras de las clases revolucionarias, su portadora y su vehículo» [13]. En este sentido ni Lenin ni Stalin estaban muy alejados de los teóricos del elitismo, de los pensadores neomaquiavélicos, para quienes únicamente las élites pueden dirigir a las masas ignorantes. El triunfo de la Revolución de Octubre, construida con estos mimbres, impidió que se impusiese a la vez el triunfo de la democracia. Como señaló Lenin el 8 de marzo de 1918 ante el VII Congreso del Partido «el viejo concepto de democracia ha quedado superado en el proceso de desarrollo de nuestra revolución».

El Domingo Rojo precedente
de la Revolución de 1905
.

Rosa Luxemburg, en un escrito de 1903-1904 sobre la organización de la socialdemocracia rusa planteó un problema sociológico interesante que suponía un paso más en las reflexiones de Marx: «¿Qué sentido tenía crear en Rusia un partido socialdemócrata si en el país, por su carácter agrario y semifeudal, no se había instaurado aún un dominio de la burguesía sobre el proletariado?» A la pregunta se podía responder apelando a un frente único reformista y de oposición al zar, pero también apelando a una revolución que quemase con celeridad la etapa de la revolución burguesa. Por parte de los anarquistas Kropotkin, en La conquista del pan, planteaba la necesidad de no abandonar, en aras del obrerismo, el papel revolucionario del campesinado. Por su parte los bolcheviques se constituyeron en un grupo de revolucionarios profesionales dispuestos a sustituir al poder absoluto de los zares por el poder del Partido Bolchevique. Sirva de prueba el testimonio de la época del escritor Máximo Gorki tras el triunfo de la revolución: «¿Una República soviética? Palabras huecas. En realidad se trata de una república oligárquica, una república de un sólo comisario popular. ¿En qué se han transformado los soviets locales? En apéndices pasivos y esclavos del "Comité de Guerra Revolucionario" bolchevique, o en comisarios nombrados desde arriba» [14].

Rusia, el país de Dostoievski y Tolstoi, el país de Bakunin y Kropotkin, no reaccionó contra el zar Nicolás II aguijoneado por los bolcheviques, como erróneamente sostiene la vulgata marxista al uso. La resistencia fue eminentemente socialista y anarquista hasta el punto de que se podría formular la tesis de que la Revolución rusa fue sobre todo una revolución libertaria, una revolución antiautoriataria basada en el odio al Estado, en el cuestionamiento de la democracia parlamentaria, y, correlativamente, en la fe ciega en la democracia directa.

Entre la Revolución de Febrero de 1917 que obligó a abdicar al zar, y que puso término a un inmenso Imperio que duró dos siglos, y la Revolución de Octubre, que abrió el camino al poder de Lenin y de su partido, se encuentra una organización de masas de carácter predominantemente socialista y anarquista que hizo posible una revolución social antes de que se produjese la revolución política operada por los bolcheviques: los soviets. La organización de los soviets, la formación en las fábricas, en las ciudades y en los pueblos de los consejos de obreros, campesinos y soldados, permitió crear un nuevo tipo de asociaciones asamblearias, antiautoritarias, vertebradas por la democracia popular. El soviet de San Petersburgo que Trotski llegó a presidir en 1905, se constituyó oficialmente el 27 de febrero de 1917 y en ese mismo día hizo un llamamiento a todas las Rusias para mantenerse en el combate hasta llegar a instaurar un gobierno revolucionario. Al mismo tiempo la Duma había constituido un «Comité para el restablecimiento del orden y las relaciones con las instituciones y las personalidades», de modo que cuando el zar abdicó se enfrentaban en Rusia dos concepciones diferentes de la democracia: la democracia parlamentaria, representativa, y la democracia directa de los soviets. Las Tesis de abril de Lenin, en las que proclamaba «¡Todo el poder a los soviets!», se caracterizan precisamente por apoyar de forma decidida el poder popular de los soviets, es decir, la democracia directa constituida a partir de la experiencia de la Comuna de París.

Lenin y Stalin, padres de la URSS.

El soviet de Petersburgo, con mayoría anarquista y socialista, dio entre febrero y octubre de 1917 claras pruebas de moderación apoyando la propuesta de Sujanov de aceptar una Duma siempre y cuando se profundizase en el proceso de democratización. Cuando el Gobierno provisional se constituyó se entrevistó inmediatamente con los delegados del soviet. Paralelamente a la constitución del gobierno los anarquistas comenzaron a profundizar el proceso de revolución social transformando las instituciones, ocupando las fábricas y autogestionándolas, reglamentando en ocho horas la jornada laboral, socializando la tierra a partir del lema de que la tierra es para quien la trabaja. Paralelamente, en plena guerra, los libertarios procedieron a sustituir la disciplina prusiana reinante en el ejército zarista por la formación de un ejército popular. Con independencia del poder político entre febrero y octubre los anarquistas inspiraron en Rusia una revolución social. Como escribió Marc Ferro, un buen conocedor de la historia de la Revolución, «los soviets no sólo desempeñaban el papel de un contrapoder, de una fortaleza proletaria, en una sociedad burguesa, encargados de garantizar la instauración de instituciones democráticas. Eran a la vez el instrumento de la destrucción del Antiguo Estado y el embrión de un nuevo Estado proletario, semejante a la Comuna de París» [15].


Los bolcheviques y el poder

En la primavera de 1902 salió a la luz el ¿Qué hacer? de Lenin, un libro en el que el gran dirigente bolchevique defendió que sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario, y que el movimiento espontáneo de los trabajadores no puede ir más allá de las reivindicaciones puntuales de carácter sindical, por lo que la misión de un partido revolucionario es aportar a las masas, desde el exterior, el conocimiento científico socialista [16]. Por esto la tarea de un verdadero partido socialdemócrata es «combatir la espontaneidad» del movimiento obrero. Para Lenin la misión del Partido Bolchevique era reunir a un grupo selecto de revolucionarios profesionales, «un estado mayor de agitadores profesionales», que, convertidos en un ejército en lucha contra los autócratas y contra la burguesía, educase a la clase obrera, desarrollase su conciencia política, y la preparase para la revolución social y política. Lenin hizo del Partido Bolchevique «un ejército permanente de combatientes experimentados encargados de llevar a cabo la insurrección armada del pueblo». Para preparar la guerra civil, la prensa revolucionaria, la propaganda, la agitación son armas indispensables. Con ellas esta minoría consciente, totalmente entregada a la causa de la revolución, proporciona el fuego de su espíritu a las masas en una lucha de clases sin cuartel. «Lo que necesitamos es una organización militar de activistas», exclama Lenin. La concepción leninista del partido se sitúa en las antípodas del valor que conceden los anarquistas a la democracia obrera y al desarrollo espontáneo de las masas. Más lejos aún queda el pacifismo de los anarquistas seguidores de las doctrinas de Tolstoi. De hecho las distancias entre el marxismo y el anarquismo habían sido subrayadas por J. Plejanov, el introductor del marxismo en Rusia. Plejanov publicó en alemán en 1894 un interesante escrito titulado Contra el anarquismo, en el que se enfrenta a Kropotkin, Bakunin, y a toda la tradición anarquista por considerarla la otra cara del laissez-faire. El hecho de dedicar al anarquismo un libro de impugnación no deja de ser un reconocimiento de la fuerza creciente de los libertarios en Rusia. Por otra parte, entre los miembros del Partido Bolchevique uno de los primeros en impugnar el anarquismo fue Stalin en 1907. En un marco por tanto de un pensamiento marxista ruso enormemente contrario al anarquismo resulta aún mucho más excepcional la posición conciliadora de Lenin en 1917 [17].

Todo el poder a los soviets, pero sin ellos.

Lenin entró en la estación de Finlandia de Petrogrado, en el famoso vagón blindado, tras la Revolución de Febrero que se saldó con la caída del zar. Se disputaban entonces el poder de un lado los soviets, y del otro el Gobierno Provisional. Lenin, en las famosas Tesis de abril, optó por el poder de los soviets: «¡Todo el poder a los soviets!» Pero la proximidad con los planteamientos anarquistas es aún más diáfana en El Estado y la revolución, un libro escrito entre abril y agosto de 1917 y en el que abundan los guiños a los planteamientos libertarios. He aquí un ejemplo: «Marx está de acuerdo con Proudhon en el sentido de que ambos están a favor de la "demolición" de la actual máquina del Estado. Esta similitud del marxismo con el anarquismo (tanto con Proudhon como con Bakunin) ni los oportunistas ni los kautskistas la quieren reconocer pues, sobre este punto, se han alejado del marxismo» [18]. Lenin consideraba que la revolución en Rusia era la prolongación de la Comuna de París defendida con ardor por los libertarios. Mantiene sin duda las distancias entre marxismo y anarquismo en lo que se refiere a la distinción entre extinción y supresión del Estado pero, frente al ¿Qué hacer? ahora es el proletariado y no el partido «la vanguardia armada de todos los explotados y de todos los trabajadores a la que es preciso subordinarse» [19]. El poder del Comité Central y del secretario general son sustituidos por el poder social del proletariado en lucha, de modo que los anarquistas nada tienen que temer de un Estado soviético en sentido estricto, pues los soviets son la verdadera expresión de la voluntad popular. Aún más, para subrayar su posición en la izquierda revolucionaria, a favor de una mayor democracia y en lucha abierta contra la burocratización, Lenin, al final de El Estado y la revolución, no se ahorra un comentario despectivo contra «Kropotkin y consortes que andan al rabo de la burguesía» [20]. De hecho Kropotkin, tras su llegada a Rusia en junio de 1917, había adoptado una posición moderada y conciliadora, hasta el punto de que fue invitado por Kerenski a incorporarse como ministro del Gobierno Provisional, ofrecimiento que el viejo anarquista rechazó sin dudar pues lo consideraba incompatible con su oposición a toda forma de Estado. Por otra parte La conquista del pan, un libro que se publicó por vez primera en París en 1892, constituía un verdadero programa de transición al socialismo a partir de las colectivizaciones locales. Es lógico que Lenin considerarse a Kropotkin un adversario a neutralizar.

En 1904 Rosa Luxemburg había publicado en Die Neue Zeit, la revista teórica del SPD dirigida por Kautsky, un artículo titulado «Problemas de organización de la socialdemocracia rusa» en el que cuestionaba la tendencia ultracentralista de los bolcheviques que «rebajan al proletariado combativo a la condición de un instrumento dócil de un "comité"». Acusa al Lenin del ¿Qué hacer? de privilegiar el control sobre la actividad revolucionaria y de tener una concepción demasiado mecanicista de la organización socialdemócrata: «Conceder a la dirección del partido ese poder absoluto de carácter negativo que Lenin propone, implica elevar a una potencia peligrosísima el carácter conservador que tiene esencialmente toda dirección» [21].

En 1918 Rosa Luxemburg escribió en la cárcel un texto sobre «La revolución rusa». Tras saludar la revolución como «el acontecimiento más grandioso de la guerra mundial» pasó a realizar un análisis crítico en el que cuestionaba la abolición de la democracia popular por los bolcheviques, su «rechazo de plano de las representaciones populares. La libertad que se concede únicamente a los partidarios del gobierno y a los miembros del partido, por numerosos que sean estos, no es libertad. La libertad es solamente libertad para los que piensan de otro modo. (…) La dictadura de Lenin y Trotski parte de un presupuesto tácito, según el cual la revolución socialista es cosa que ha de hacerse mediante una receta que tiene preparada el partido de la revolución. Sin embargo sin sufragio universal, libertad ilimitada de prensa y de reunión, y sin contraste libre de opiniones, se extingue la vida de toda de toda institución pública, se convierte en una vida aparente, en la que la burocracia queda como único elemento activo» [22]. Rosa Luxemburg denunciaba ya en 1918 la posibilidad de que la revolución de los soviets derivase en «una dictadura de un puñado de políticos. Una vez en el poder —escribe—, la tarea histórica del proletariado es sustituir la democracia burguesa por la democracia socialista y no abolir toda clase de democracia». El error de base es contraponer dictadura y democracia, un error no sólo compartido por Lenin y Trotski sino también por el renegado Kautsky que, a diferencia de los bolcheviques opta por la democracia burguesa frente a la dictadura del proletariado. Para Rosa Luxemburg, que a diferencia de leninistas y socialdemócratas compartía con los anarquistas la confianza en la democracia de masas como fuente de la experiencia y transformación política, «la democracia socialista no es otra cosa que la dictadura del proletariado».

La posición intelectual de Lenin en El Estado y la revolución contrasta tanto con la materialización efectiva del poder del Estado en manos de los bolcheviques, tras el triunfo de la Revolución, que nos podríamos preguntar si los textos de Lenin no están movidos por el oportunismo político. Rosa Luxemburg excluye la mala fe de los bolcheviques y atribuye las limitaciones de la democracia popular al hostigamiento imperialista, a la falta de solidaridad con la revolución del proletariado internacional, al aislamiento del país y al agotamiento provocado por la guerra.

Trotski, creador del Ejército Rojo.

La primera desavenencia entre bolcheviques y anarquistas se produjo inmediatamente después de la Revolución de Octubre con motivo de las elecciones a la Asamblea Constituyente, pues los anarquistas consideraban que las elecciones suponían un retroceso frente a la democracia de los soviets. Las elecciones tuvieron sin embargo lugar el 15 de noviembre y de los 707 escaños los bolcheviques tan solo consiguieron 175. Los vencedores de esta contienda electoral fueron los socialistas revolucionarios que obtuvieron 370 diputados. Cuando la Asamblea se reunió en enero de 1918 los anarquistas la boicotearon. El anarquista Anatoli Zhelesniakov, al mando de un destacamento de marinos, dispersó a los diputados y el gobierno de los Comisarios del Pueblo, encabezado por Lenin, firmó el 6 de enero el decreto de disolución de la Asamblea que convertía la dispersión en un hecho consumado pues a su juicio la Asamblea tan sólo era representativa de un pasado ya superado. Una vez más anarquistas y bolcheviques se encontraban unidos en torno a la centralidad de los consejos de trabajadores. A partir de entonces la acción del gobierno pasó a sustituir a la democracia de los soviets y la estrecha colaboración mantenida entre bolcheviques y anarquistas, durante e inmediatamente después de la revolución, se comenzó a romper para pasar a convertirse en un abierto enfrentamiento. Cuando en ese mismo enero de 1918 tuvo lugar el III Congreso Pan-Ruso de los Soviets las divergencias entre anarquistas y bolcheviques afloraron: unos confiaban ciegamente en la creatividad auto-organizada de las masas, los otros en la acción centralizada y disciplinada del gobierno central. El maestro y anarquista Anatoli Gorélik publicó en Berlin en 1922 una memoria titulada Los anarquistas en la Revolución rusa en la que defiende que la mayor parte de los anarquistas, a pesar de sus críticas al centralismo, colaboraron con los bolcheviques en las instituciones de gobierno [23]. Una de las principales fuentes de discordia entre anarquistas y bolcheviques fue el Tratado de Paz de Brest-Litovsk firmado en marzo de 1918 que estipulaba unas condiciones humillantes para el nuevo Estado soviético. Los bolcheviques trataron de apagar las protestas anarquistas recurriendo a la Cheka.

Es bien conocida la vieja polémica entablada entre marxistas y libertarios sobre la naturaleza de la revolución y de la democracia. Mientras que los marxistas reclaman la revolución para tomar el poder e instaurar desde la cúspide del viejo Estado la dictadura del proletariado que abolirá el capitalismo y dará paso al socialismo, los libertarios, contrarios al monstruo frío del Estado y a toda dictadura, incluida la del proletariado, son partidarios de las colectivizaciones, la autogestión, la creación de espacios sociales socializados, y de la democracia directa. La Revolución rusa fue por tanto una revolución popular, predominantemente de carácter libertario que, especialmente a partir del enfrentamiento de Kronstadt fue instrumentalizada por los bolcheviques en beneficio de su propio poder. Marc Ferro nos recuerda con agudeza que «la consigna "Todo el poder a los soviets" gana primero la sección obrera del soviet de Petersburgo, luego el soviet de Moscú y más tarde decenas de soviets de obreros y soldados. De modo que la bolchevización no proviene de una adhesión explícita al Partido Bolchevique, sino de una adhesión masiva a las consignas de las instituciones revolucionarias (comités de fábricas, guardia roja, etcétera), que se organizan y se burocratizan para sobrevivir, antes de injertarse en el partido bolchevique» [24].

¿Cómo pudieron los bolcheviques imponer al poder popular horizontal una estructura piramidal de poder avalada por el centralismo democrático y más concretamente la personalización del poder en Lenin, y más tarde en Stalin? Sin duda el Partido Comunista dirigido por Lenin, un partido férreamente disciplinado, instrumentalizó la democracia directa en su favor en un clima de guerra y tras la intentona del golpe militar de Kornilov. Los bolcheviques controlaban además para ello la prensa política, lo que facilitó un rápido crecimiento de sus militantes, y contaban con revolucionarios profesionales, como Lenin y Trotski, que eran también oradores convincentes en las asambleas. Antes de la Revolución de Octubre Trotski presidía el influyente soviet de Petersburgo del que se sirvió para crear el Comité Militar Revolucionario Provisional (PVRK) que jugó un importante papel desencadenante de las jornadas de Octubre. Los anarquistas, que en torno a 1917 contaban con unos 40.000 militantes, editaban periódicos libertarios —unos cien entre 1917 y 1921, según Gorelik—, pero, a diferencia de los de los bolcheviques, presentaban predominantemente un carácter local y comunitario.

La revolución se hizo en nombre de los soviets, es decir bajo la bandera de la democracia popular, pero cuando tuvo lugar el II Congreso de los Soviets de los 673 delgados una mayoría de 390 aclamaban a los bolcheviques. La hasta entonces mayoría anarquista y socialista abandonó el Congreso denunciando el golpe de timón, pero inútilmente: «Los bolcheviques —señala Ferro— quedaron dueños absolutos del Congreso. En lo sucesivo iban a conservar el poder sólo para ellos y para siempre». El PVRK, controlado por los bolcheviques se convirtió en la encarnación del nuevo poder revolucionario desde el que era posible «vaciar el poder de los soviets» [25]. El 8 de marzo de 1918 Lenin declaraba ante el VII Congreso del Partido: «El viejo concepto de democracia ha quedado superado en el proceso de desarrollo de nuestra revolución» [26]. A pesar de que Lenin en El Estado y la revolución, un libro que escribió poco antes de la Revolución de Octubre, había defendido para aproximarse a los libertarios una concepción prácticamente libertaria del Estado, nunca el Partido Bolchevique abrió el camino a una verdadera democracia que pasaba por aceptar la posibilidad de disentir y de tener plena libertad para opinar y decidir.

En todo caso en el endurecimiento del poder bolchevique es preciso responsabilizar también a quienes en nombre del anarquismo no dudaron en recurrir al terror. Recuérdese que en septiembre de 1919 un grupo de anarquistas, entre los que se encontraba el trabajador ferroviario Kasimir Kovalevich, destacado activista en la Revolución de Octubre, protagonizó en Moscú un brutal atentado en la sede del Partido Comunista que se saldó con doce muertos y más de cuarenta heridos. Entre los heridos estaba Bujarin, el autor de El ABC del comunismo. La bomba fue colocada en represalia por las detenciones de anarquistas que protestaron contra el ya mencionado Tratado de Paz de Brest-Litovsk [27].

Masivo funeral de Kropotkin, 1921.

En marzo de 1919 los bolcheviques pusieron en marcha la III Internacional concebida como el Partido Mundial de la Revolución, pero un mes más tarde se estableció el servicio militar obligatorio y los campos de trabajos forzados para los delincuentes que, en el caso de los disidentes políticos, se transformaron en campos de concentración. Por la misma época Lenin hacía una llamada a los obreros para que trabajasen voluntariamente más horas extras en los llamados 'sábados comunistas', antes de preconizar la incorporación del taylorismo en las fábricas. Desarticulado el socialismo moderado únicamente quedaba desprenderse de los libertarios radicales, de los anarquistas. En abril de 1920 Lenin escribió El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, un ataque abierto contra los anarquistas. A pesar de todo cuando el 9 de febrero de 1921 falleció Kropotkin el diario Pravda en primera página lamentaba la pérdida del gran revolucionario libertario. Al funeral de Kropotkin, el 13 de febrero de 1921, acudieron más de cien mil personas. Su féretro fue llevado a hombros en la Plaza Roja de Moscú por anarquistas autorizados a salir de la cárcel para la ocasión. El golpe final contra los anarquistas tuvo lugar apenas un mes más tarde de la muerte de Kropotkin, cuando se produjo la represión contra la insurrección de los marinos de Kronstadt que reclamaban el restablecimiento de la democracia obrera, y que fueron aplastados mediante el asalto, tras diez días de asedio, de 50.000 soldados del Ejército Rojo dirigido por Trotski en marzo de 1921. Los líderes anarquistas más significados fueron allí mismo fusilados. Los marinos de Kronstadt, que componían la tripulación del buque de guerra Aurora que en Octubre contribuyó con sus cañones a la toma del Palacio de Invierno, y que fueron saludados por Trotski como «el alma de la revolución», se veían ahora masacrados por el propio Ejército Rojo controlado por la disciplina de hierro impuesta por los bolcheviques [28].


Reflexiones finales: profundizar en los valores libertarios

Entre los anarquistas rusos y los bolcheviques existió un espacio común que les permitió avanzar juntos y participar con éxito unidos en la Revolución de Octubre. Ambos colectivos de activistas políticos de izquierdas compartían un común desprecio por la burguesía, querían abolir la propiedad privada y la democracia parlamentaria. Percibían el Estado como una máquina de guerra contra el proletariado y el campesinado, y para hacerle frente apelaron a la violencia revolucionaria de las clases explotadas. Pero sobre todo anarquistas y bolcheviques compartieron juntos la experiencia de los soviets, un ámbito de democracia popular desde el que prepararon la lucha contra los enemigos de clase. Abominaron del capitalismo imperialista, de la guerra entre las naciones, defendieron la paz y la abolición de la pena de muerte. Efectivamente la pena de muerte se abolió tras la Revolución en febrero de 1920, pero la guerra ruso-polaca hizo que se restableciese en mayo del mismo año y desde entonces, y especialmente durante el estalinismo, las ejecuciones sumarias estuvieron a la orden del día. Anarquistas y bolcheviques diferían en cómo canalizar la Revolución tras el derrocamiento de la burguesía. Mientras que los anarquistas apelaban a un sistema descentralizado de solidaridad que Kropotkin había desarrollado con brillantez en La conquista del pan, los bolcheviques preconizaban la centralización, la concentración de poder en manos del Comité Central del Partido. A pesar de estas divergencias una parte de los anarquistas se aproximaron a los bolcheviques y se integraron en el Partido Comunista, mientras que una parte de los bolcheviques, agrupados en torno a Oposición Obrera, la agrupación en la que militaba Alexandra Kolontai, la compañera de Lenin, defendían la democracia de masas y el papel fundamental de los sindicatos de clase. El X Congreso del PC, que tuvo lugar en marzo de 1921, abolió las facciones dentro del Partido. Del lema «todo el poder a los soviets» se pasó a «todo el poder al Partido», y más concretamente, a «todo el poder al secretario general del Partido». Los bolcheviques abandonaron para siempre el principio de la democracia participativa de los soviets que había sido el pilar mismo de la organización de las clases populares para resistir y hacer la revolución. «Quien debilita la disciplina de hierro del partido del proletariado (especialmente durante su dictadura) ayuda en realidad a la burguesía en contra del proletariado», había escrito Lenin en su libro La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo, un libro que se publicó en 1918 [29].

También Trotski, que en su juventud se socializó en medios obreros libertarios, actuó de mediador entre anarquistas y bolcheviques pues su incorporación al Partido Bolchevique no se produjo hasta julio de 1917. Su popularidad antes, durante e inmediatamente después de la revolución fue enorme. Tuvo un protagonismo especial en la expansión de los soviets así como en la creación el 9 de octubre de 1917 del Comité Militar Revolucionario que jugó un papel decisivo en la Revolución de Octubre. Entre los altos responsables de ese comité había al menos cuatro anarquistas: Bleijman, Bogatsky, Shatov y Yarchuk. Cuando Trotski estaba a punto de cumplir los cincuenta años, en 1929, exilado en Prinkipo, cerca de Constantinopla, publicó su propia autobiografía. En el prefacio escribe: «Yo participé en las revoluciones de 1905 y de 1917. Fui Presidente del Soviet de diputados de San Petersburgo en 1905 y en 1917. Tomé parte activa en la Revolución de Octubre, y fui miembro del gobierno soviético. En calidad de Comisario del Pueblo para Asuntos Exteriores, fui responsable de las negociaciones de paz de Brest-Livotsk, con la delegación alemana, austro-húngara, turca y búlgara. En calidad de Comisario del Pueblo para la Guerra y la Marina consagré cerca de cinco años a la organización del Ejército Rojo y a la reconstrucción de la Flota Roja. Durante el año 20 añadí a ese trabajo la dirección de la red ferroviaria que estaba en desarrollo» [30]. Trotski, asediado en estos años por el estalinismo omite su importante papel en el aplastamiento de la insurrección anarquista de los marinos de Kronstadt. Tiene razón sin embargo en destacar su frenética actividad revolucionaria y su particular protagonismo en el soviet de Petrogrado.

Marinos de Kronstadt en 1918.

Emma Goldman, activista libertaría que criticó la dictadura bolchevique en Rusia, escribió que la derrota de los anarquistas no significa en absoluto la derrota de los ideales libertarios. La revolución es una protesta contra la injusticia, el sufrimiento, las desigualdades, la inhumanidad. Por eso frente a la ignorancia y la brutalidad la revolución libertaria preconiza nuevos valores y una nueva moral social basada en la solidaridad, la condena de la pena de muerte, la lucha contra el racismo y la promoción de la paz. «El fin último de todo cambio social revolucionario —escribe— es establecer el respeto a la vida, la libertad humana, el derecho de cada ser humano a la libertad y al bienestar» [31]. Sin embargo esos fines no siempre fueron compartidos por los libertarios partidarios de la guerra social. En este punto se produjo una vez más la confluencia entre anarquistas y bolcheviques partidarios de la violencia revolucionaria a partir de una común teoría de la guerra civil. Como escribía Lenin en1916: «quien reconozca la existencia de la guerra entre las clases debe reconocer la guerra civil que, en toda sociedad de clases representa la continuación, el desarrollo y la acentuación natural de la guerra entre las clases». La teoría de la guerra civil, compartida por marxistas revolucionarios y una buena parte de los anarquistas revolucionarios, es incompatible con el pacifismo libertario como pusieron de manifiesto en Rusia los anarquistas seguidores de las doctrinas de Tolstoi.

El escritor Hermann Hesse, el autor de El lobo estepario y de otras obras impregnadas de valores libertarios, defendió en momentos difíciles un ideal ético al que nunca quiso renunciar. Como escribía en una carta a su hijo Heiner el 10-VII-1932: «… aceptar el comunismo significa, para quien se pida cuentas a sí mismo, esta pregunta: "¿Quiero y apruebo la revolución? ¿Puedo admitir que unos sean asesinados para que otros vivan?". Ahí está el problema ideológico. Y para mí, que tuve que vivir la Guerra Mundial con plena conciencia y hasta la desesperación en el aspecto ideológico, esa pregunta queda contestada de una vez para siempre: yo no me concedo el derecho de colaborar en una revolución y matar» [32].

¿Cómo poner en marcha en la actualidad una revolución pacífica que procure el bienestar de todos? Sin duda esa revolución exige un desarrollo del proceso de civilización en nuestras sociedades del que aún nos encontramos alejados. Para aproximarnos a él es preciso cuestionar el prisma de análisis de la sociedad a partir de la violencia, un prisma que deriva en buena medida de la militarización de la teoría de la lucha de clases, y más concretamente de una concepción militarista del Estado. Herbert Spencer, por ejemplo, en su influyente libro El individuo contra el Estado, defendió repetidamente el origen militar del Estado, en tanto que agente de la codicia y la rapiña de unos pocos sobre las masas. «El gobierno ha nacido de la agresión y por la agresión», escribe [33]. Y su opinión fue en buena medida compartida por comunistas y libertarios. Sin embargo el Estado democrático basado en la democracia representativa es en parte una conquista de la Revolución Francesa y de la extensión de los derechos políticos para todos. Las mujeres no olvidan las luchas y el esfuerzo que supuso conquistar su derecho al voto. Así pues los totalitarismos, tanto el estalinismo como el fascismo, pusieron de relieve el valor y la importancia de la democracia representativa como una conquista a la vez histórica y social. Un pensador libertario, Saverio Merlino, defendió contra los fascistas, y en otro orden también contra su amigo y compañero Malatesta, el gobierno representativo, la democracia electoral como una conquista de hombres y mujeres de las clases trabajadoras [34].

Sin embargo la Revolución Rusa puso de manifiesto que la democracia representativa es insuficiente, que la democracia avanzada implica también la democracia participativa. El reto estriba hoy, por tanto, en la búsqueda de vías alternativas que nos permitan articular ambos modos de expresión de la democracia para hacer avanzar en nuestras sociedades un ideal de justicia y de humanidad por el que dieron la vida millones de ciudadanas y de ciudadanos anónimos.

(1 noviembre 2007)


NOTAS:
[12] Cf. Maximilien RUBEL, Stalin, Ediciones Folio, Madrid, 2004 p. 18.
[13] Cf. Maximilien RUBEL, op. c. pp. 13-14.
[14] Cf. Maximilien RUBEL, op. c. p. 63. La conquista del pan se publicó por vez primera en francés en 1892 y muy pronto se hicieron traducciones al español. Cf. P. KROPOTKIN, La conquista del pan, Jucar, Gijón, 1977.
[15] Cf. Marc FERRO, La Revolución rusa, Cuadernos Historia 16, Madrid, 1995, p. 26. Ferro señala que en junio de 1917 Lenin declaraba que su partido estaba dispuesto a tomar el poder cuando sólo disponía de cien elegidos en el Congreso de los soviets sobre 850 representantes (p. 19).
[16] LENIN, ¿Qué hacer?.
[17] El libro de Plejanov ha sido traducido al español: Cf. Jorge PLEJÁNOV, Contra el anarquismo, Ed. Calden, Buenos Aires, 1969. En esta obra el introductor del marxismo en Rusia arremete contra el anarquismo por considerarlo una «doctrina esencialmente burguesa. Un anarquista, escribe, es un hombre que, si no es un confidente, está condenado a obtener siempre y en todas partes precisamente lo contrario de lo que se propone obtener» (p.110).
[18] Cf. LENIN, El Estado y la revolución, p. 65.
[19] Cf. LENIN, op. c., p.60.
[20] Cf. LENIN, op. c., p.146.
[21] Cf. Rosa LUXEMBURGO, «Problemas de organización en la socialdemocracia rusa» en Obras escogidas, T. I, Ed. Ayuso, Madrid, 1978, p.120.
[22]
Cf. Rosa LUXEMBURGO, «La revolución rusa» en Obras escogidas, T. II, Ed. Ayuso, Madrid, 1978, p.144.
[23]
Cf. Anatol GORELIK, «Les anarchistes dans la Revolution russe» en VVAA. Les anarchistes dans la Revolution russe, op. c. Según Gorelik en el Congreso Anarquista de Járkov que tuvo lugar el 25 de diciembre de 1927 se comprobó que los grandes centros industriales de Donetsk, Petrogrado y Moscú, así como en las ciudades industriales el influjo libertario era importante hasta el punto de que en algunos de estos centros «los anarquistas llegaban incluso a sumir la dirección de las masas» (p. 63).
[24]
Cf. Marc FERRO, La Revolución rusa, op. c. p. 26.
[25]
Cf. Marc FERRO, op. c. pp. 30-31.
[26]
Citado por Antonio ELORZA, «El Octubre rojo de Lenin» en Protagonistas del siglo XX, El País, 2000, nº 6, p. 130.
[27]
Sobre este atentado véase el estudio de Alexandr SKIRDA, «La contre-terreur revolutionnaire, l’attentat de Kovalevitch» en Jacques BAYNAC, La terreur sous Lenine, Sagittaire, Paris, 1975, pp.277-289.
[28]
Véase el documentado artículo de Elena HERNADEZ SANDOICA, «De Lenin a Stalin» en Historia 16. Siglo XX. Historia Universal nº 10, Madrid, 1983, pp.7-70. Véase también Jean Jacques MARIE, La guerre civile russe (1917-1922). Armés paysannes rouges, blanches et vertes, Autrement, París, 2005. Así como Jean Jacques MARIE, Cronstadt, Fayard, París, 2005. Unos meses después del aplastamiento de Kronstadt, en agosto de 1921 el dirigente anarquista de Ucrania, Néstor Majnó, se refugió en Rumania tras ser derrotado, de modo que el camino para el partido único de los bolcheviques quedaba expedito.
[29]
Citado por Jorge SABORIDO, La revolución rusa, Dastin SL, Madrid, 2006, p. 136. Sobre el proceso de concentración del poder tras la revolución véase el lúcido análisis de G. ORWELL en Rebelión en la granja.
[30]
Cf, Lev TROTSKI, Ma vie, Ed. Pionniers, París, 1947, p. 12. Trostki señala que cuando se creó el soviet de Petrogrado el Comité central de los bolcheviques «se oponía a una organización representativa sin partido» (p. 47). Lo importante es que terminaron finalmente por aceptarla.
[31]
Cf. Emma GOLDMAN, «Pourquoi la revolution russe n’a pas realisé ses espoirs» en VV.AA. Les anarchistes dans la Revolution russe, op. c. p. 173. Según Nettlau el título de este texto no fue elegido por la autora. Cf. Max NETTLAU, La anarquía a través de los tiempos, Jucar, Gijón, 1978, p. 172.
[32]
Cf. Hermann HESSE, Escritos políticos 1932/1962, Bruguera, Barcelona, 1978, p.10.

[33] Cf. Herbert SPENCER, El individuo contra el Estado, Ed. Folio, Barcelona, 2002, p. 68. En la medida en que «la moral del gobierno es una moral de guerra» Spencer deduce que a «la superstición del derecho divino de los reyes sucede la superstición del derecho divino de los parlamentos». Olvida que tanto los parlamentos como la democracia representativa son conquistas históricas fruto de un enorme esfuerzo colectivo.
[34]
Merlino critica la idealización de los seres humanos de los anarquistas, concretamente en la obra de Kropotkin, y defiende la posibilidad de una alianza entre el movimiento libertario y el socialismo democrático que respetase la democracia representativa sin abandonar la participación política de las masas. Cf. Saverio MERLINO, L’individualisme dans l’anarchisme, La societé nouvelle, Bruselas, 1893.


Archivo en PDF:
http://www.vientosur.info/documentos/LA%20REVOLUCI%D3N%20RUSA,%20UNA%20REVOLUCI%D3N%20LIBERTARIA.pdf



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