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Noticias Amor y Rabia

Lecciones de ciencia política en el reino animal

Published on: domingo, 21 de mayo de 2017 // , , ,


La ideología capitalista durante el último siglo y medio, y especialmente en la actualidad debido a la hegemonía cultural neoliberal, ha venido manipulando la teoría de la evolución darwinista para utilizarla con fines persuasivos, destinados a justificar la codicia, la injusticia y la desigualdad bajo motivos supuestamente de orden biológico. Así, a pesar de que el propio Charles Darwin no plantease su idea de la «lucha despiadada por la supervivencia» con fines de aplicación a la moral humana en ningún momento, sus sucesores interpretaron su teoría de un modo sesgado, partidista e ideológico que dio lugar al surgimiento del llamado «darwinismo social» bajo el pensamiento de autores reaccionarios como Herbert Spencer o Ernst Haeckel, cuyos escritos supusieron todo el armazón ideológico para justificar el colonialismo despiadado, las políticas racistas y las prácticas eugenésicas. Teóricamente dicho pensamiento determinista biológico había quedado superado tras la derrota militar y política del nazismo, pero en los años setenta reaparece con fuerza como un neodarwinismo social impregnado de teorías genéticas y que ha supuesto la base de la actual corriente denominada «psicología evolucionista», una peligrosa perspectiva reduccionista que entiende el individualismo y el egoísmo como factores inherentes a la genética de todos los seres vivos, y que por lo tanto debemos aceptar nos guste o no.

Esta psicología evolucionista es la responsable de que expresiones como «la ley de la selva», «los genes egoístas» o «nuestra naturaleza salvaje» se hayan convertido en poderosos mantras que justifican la deriva neoliberal de nuestras sociedades, impregnando la mayoría de la filosofía de autoayuda o 'coaching' la cual plantea el individualismo absoluto como la solución a todos los problemas que podamos padecer los seres humanos. Por suerte, algunas voces de prestigiosos científicos se han venido alzando en el terreno de las ciencias naturales para refutar dichas argumentaciones genetistas, tales como la del paleontólogo Stephen Jay Gould. Sin embargo, en el campo de las ciencias sociales esta respuesta no ha sido tan evidente, y los pensadores contrarios al neodarwinismo social han caído en el error de replegarse en la inocua estrategia de la negación, condenando al ostracismo a la biología en su conjunto y considerando que la sociedad humana nada tiene que ver con ella (lo que por desgracia termina siendo una peligrosa arma de doble filo, al conllevar inconscientemente la aceptación de que la naturaleza sí que es egoísta, y que únicamente cabe intentar huir de dicha realidad y situar al ser humano al margen del resto de mamíferos).


Sin embargo, este planteamiento también es erróneo, ya que si atendemos a los distintos hallazgos de los estudiosos del comportamiento animal, nos encontramos con una naturaleza absolutamente diversa en términos sociales e incluso políticos, algo de lo que ya comenzó a percatarse hace un siglo el 'príncipe' y geógrafo anarquista Piotr Kropotkin tras realizar investigaciones sobre el comportamiento de la fauna siberiana. Kropotkin enseguida se dio cuenta de que en realidad entre los animales la ayuda mutua y la cooperación eran tan comunes o más como la lucha y la violencia, y sin negar gran parte de las tesis de Darwin (a su manera el también se consideraba un darwinista) utilizó el sentido metafórico que el británico había dado a la idea de lucha, extendiéndolo a una lucha general por la supervivencia contra las fuerzas hostiles de la naturaleza, y no únicamente como sinónimo de competición despiadada entre unos y otros seres vivos. Así, frente al actual neodarwinismo neoliberal que plantea una naturaleza regida únicamente por la ley del más fuerte que permite la supervivencia de nuestros supuestos genes egoístas, es posible contraponer una visión también parcialmente darwinista (en el buen sentido del término) que muestre justamente la diversidad emocional y moral de los animales, y como entre las distintas especies observamos ayuda, cooperación y empatía en dosis iguales o incluso mayores a las de la competición, la lucha y la violencia (factores que obviamente tampoco pueden negarse).

Pero al margen de los elementos puramente morales, la naturaleza también contradice a Aristóteles (que consideraba al ser humano como el único animal político o 'zoon politikón') mostrándonos grandes ejemplos de organización política compleja en el reino animal, y es conveniente observar el comportamiento social de diversas especies para darnos cuenta del enorme grado de desarrollo y de diversidad política que tienen muchas de ellas. En los insectos por ejemplo, nos encontramos con la increíble estratificación social que muestran hormigas, abejas y termitas, subdivididas en tres grupos principales (reinas, guerreras y obreras) y con un sentido de sacrificio individual al servicio de la comunidad que parece anticipar ya un socialismo primitivo. En los mamíferos por su parte, dotados ya de un cerebro límbico que permite desarrollar emociones y sentimientos, observamos sistemas políticos aún más sorprendentes. Leones y lobos por ejemplo se rigen por manadas muy jerarquizadas donde el macho dominante acumula todo el poder, lo que podríamos considerar como un modelo autocrático, pero al mismo tiempo, dichos «machos alfa» deben sustentar su poder no solo en la fuerza, sino también utilizando ciertas dosis de populismo, ya que si los machos subalternos de la manada consideran que su comportamiento está siendo tiránico o que no cumple con la defensa efectiva del territorio, pueden amotinarse y destronarlo perfectamente, lo que nos llevaría a un primer ejemplo de teoría del tiranicidio.


Pero sin lugar a dudas, son los elefantes, cetáceos y primates los que sorprenden con modelos de organización política aún muchísimo más elaborados y ya muy próximos a los que hemos construido los seres humanos (y no por casualidad, ya que son justamente los tres únicos tipos de mamíferos aparte de nosotros que han desarrollado también el tercer estadio cerebral o «neocórtex»). Los elefantes por ejemplo, dotados de una gran inteligencia, se articulan en base a sociedades matriarcales muy complejas de más de cien individuos que logran comunicarse por ultrasonido a través de la selva, y que están tomando constantemente decisiones acerca del agua, la comida y la seguridad. Los cetáceos por su parte, desarrollan sorprendentes modelos de democracia animal como en el caso de los cachalotes, los cuales están segregados por sexos y gobernados por clanes de una decena de hembras que utilizan un sistema de comunicación y de votación en el océano a través de la emisión de combinaciones de sonidos denominados «clicks», un sofisticado lenguaje al estilo del código Morse que constituye toda una auténtica cultura propia transmitida de madres a crías, y que utilizan para emitir sus preferencias sobre distintos asuntos (el momento en el que el grupo ha de tomar la decisión de dirigirse hacia uno u otro caladero, de nadar más hacia la profundidad o más hacia la superficie, de aceptar o rechazar a los machos para la reproducción), lo que supone todo un auténtico primer ejemplo de democracia marina, fruto de la sorprendente inteligencia de estos cetáceos. Finalmente, los primates (nuestros parientes más cercanos) también nos dejan interesantes experiencias de organización política donde incluso hay cálculos maquiavélicos para ganar y ejercer el poder de influencia o de persuasión (más allá del estrictamente territorial o de recursos), y entre dichos simios debemos destacar a chimpancés y bonobos, los cuales nos sorprenden con unas redes de poder completamente antagónicas, con unos chimpancés fuertemente individualistas, competidores y dominantes (podríamos considerarles perfectamente como proto-capitalistas), y unos bonobos en cambio comunales, pacifistas y libertarios, lo que sería un claro ejemplo de comuna anarquista o incluso de hippismo primitivo.

Como acabamos de observar, la naturaleza en nada se asemeja a esa «ley de la jungla» que proclaman con tanto entusiasmo los neoliberales. Como vemos, existe diversidad, pluralidad y un sinfín de posibilidades de organización política entre nuestros compañeros del reino animal (socialismo de las abejas, autoritarismo de los leones, populismo de los lobos, matriarcado de los elefantes, democracia de los cetáceos, liberalismo de los chimpancés, comunalismo de los bonobos, etc.), del mismo modo que los seres humanos también hemos desarrollado infinidad de modelos de organización en función de nuestras preferencias. Por ello, la lección que podemos extraer de este arcoiris ideológico del reino animal, es que no existe en ningún caso un determinismo biológico que nos haga prisioneros, ya que la naturaleza nos muestra que es tan diversa y plural como hermosa y fascinante, y que si los seres humanos queremos encontrar pautas de comportamiento social debemos buscarlas y hallarlas nosotros mismos sin imposiciones doctrinales, ya que como acabamos de ver la naturaleza en ese sentido nos da absoluta vía libre, al albergar en su seno a ecosistemas que han dado lugar a prácticamente todo en lo que respecta a modelos de organización social. Y es que, al margen de los instintos de supervivencia y reproducción, todo está condicionado por aspectos ambientales y culturales, y digan lo que digan los psicólogos evolucionistas neoliberales, la naturaleza no es el mundo individualista y egoísta que les gustaría, sino que como hemos visto, tiene espacio suficiente para albergar una infinidad de mundos de las más variadas tendencias ideológicas.

Por ello, recuperar la tradición en la izquierda de ese particular darwinismo kropotkiniano que pone el énfasis en la cooperación, el altruismo y el apoyo mutuo como factores esenciales de la naturaleza animal y humana en su lucha por la supervivencia contra las fuerzas hostiles medioambientales, pero al mismo tiempo que no niega tampoco la realidad de la competición, la lucha y la violencia, nos puede dar un punto intermedio de equilibro entre las visiones antagónicas de Hobbes y de Rousseau en cuanto a la naturaleza humana, y ayudarnos así a seguir combatiendo discursivamente a la clase dominante utilizando sus propias armas, tales como la propia biología. Y de igual modo, conocer un poco más acerca de la naturaleza y darnos cuenta de que incluso la política también existe en el reino animal, nos puede ayudar a respetar como se merecen a los otros seres vivos con los que compartimos este planeta, y a desarrollar así una conciencia ecológica mucho más fuerte, sincera y militante. Y es que, como sabiamente reconocía hace unos años Jay Gould, «Kropotkin no era ningún chiflado».

 18 octubre 2015

John Brown

Published on: sábado, 13 de mayo de 2017 // , ,
 

Por HOWARD ZINN

Después de la violenta rebelión de Nat Turner y de la sangrienta represión ejercida en Virginia, el sistema de seguridad sureño se hizo más férreo. Quizá sólo un foráneo podía albergar esperanzas de provocar una rebelión. Efectivamente, fue una persona de estas características, un blanco de una decisión y un coraje formidables. El loco plan de John Brown contemplaba la toma del arsenal federal en Harpers Ferry, Virginia, para luego propagar una revuelta en todo el Sur.

Harnet Tubman, con su escaso metro cincuenta de altura, era veterana de múltiples misiones secretas cuya finalidad era escoltar esclavos hacia la libertad. Estaba involucrada en los planes de John Brown, pero al estar enferma, no pudo unirse a él. También Fredenck Douglass se había encontrado con Brown. Le expuso su oposición al plan desde el punto de vista de sus probabilidades de éxito, pero admiraba al enfermo de sesenta años, alto, seco y de pelo blanco.

Douglass tenía razón, el plan fracasaría. La milicia local, con la ayuda de cien infantes de marina a las órdenes de Robert E. Lee, rodeó a los rebeldes. A pesar de que sus hombres habían resultado muertos o capturados, John Brown se negó a entregarse y se encerró en un pequeño edificio de ladrillos cerca de la puerta del arsenal. Las tropas derrumbaron la puerta; un teniente de los infantes de marina entró en el edificio y le dio un sablazo. Le interrogaron herido y enfermo. W.E.B. Du Bois, en su libro John Brown, escribió:

Imagínense la situación un viejo ensangrentado, medio muerto de las heridas sufridas hacía unas pocas horas, un hombre echado en el suelo frío y sucio, que llevaba cincuenta y cinco tensas horas sin dormir, y casi otras tantas sin comer, con los cadáveres de sus dos hijos casi delante de sus ojos, los cuerpos de sus siete camaradas muertos en sus inmediaciones, y una esposa y familia afligida escuchando en vano, y una Causa Perdida, el sueño de una vida, yaciendo sin vida en su corazón.

Echado allí, e interrogado por el gobernador de Virginia, Brown dijo: «Harían bien, todos los sureños, de prepararse para una resolución de esta cuestión... De mí se pueden deshacer fácilmente —ahora ya estoy acabado—, pero esta cuestión todavía está sin arreglar este tema de los negros, quiero decir, todavía no está acabado».

Ralph Waldo Emerson, sin ser activista, dijo de la ejecución de John Brown «Convertirá el cadalso en un lugar tan sagrado como la cruz».


De los veintidós hombres de la fuerza de choque dirigida por John Brown, cinco eran negros. Dos de ellos murieron in situ, uno escapó, y los dos restantes fueron ahorcados por las autoridades. Antes de ser ejecutado, John Copeland escribió a sus padres:

Recordad que si debo morir, muero en el intento de liberar unos pocos de mi gente pobre y oprimida de su condición de una servidumbre que Dios en sus Sagradas Escrituras ha denunciado de la forma más dura, no me da miedo el cadalso.

John Brown fue ahorcado por el estado de Virginia con la aprobación del gobierno nacional. Era el gobierno nacional el que, a la vez que aplicaba tímidamente la ley que tenía que acabar con el comercio de los esclavos, aplicaba sin contemplaciones las leyes que fijaban el retorno de los fugitivos a la esclavitud. Fue el gobierno nacional el que, durante la administración de Andrew Jackson, colaboró con el Sur para eliminar el envío de literatura abolicionista por correo en los estados sureños. Fue el Tribunal Supremo de los Estados Unidos el que declaró en 1857 que el esclavo Dred Scott no podía exigir su libertad porque no era una persona, sino una propiedad.

Un gobierno así no aceptaría que fuera una revuelta la que lograra el fin de la esclavitud. Sólo acabaría con la esclavitud en términos dictados por los blancos, y sólo cuando lo exigiesen las necesidades políticas y económicas de la élite empresarial del Norte. Fue Abraham Lincoln el que combinó a la perfección las necesidades del empresariado, la ambición política del nuevo Partido Republicano, y la retórica del humanitarismo. No mantuvo la abolición de la esclavitud en el primer lugar de su lista de prioridades, pero sí lo suficientemente cerca de ellas como para que las presiones abolicionistas y la práctica política le dieran una ventaja temporal.

La otra historia de los Estados Unidos
(1980)

Contra todos los nacionalismos

Published on: lunes, 1 de mayo de 2017 // , , ,
 

El nacionalismo es un llamamiento a los instintos mas primarios del ser humano: la tierra y la sangre; es decir, la tribu. Y por lo que respecta a la tierra, un trabajador, si es nacionalista, puede sentirse más afín a un compatriota explotador que a un explotado del otro lado de la frontera. Sólo así puede entenderse que haya independentistas que afirmen que el territorio a cuya independencia aspiran es un marco autónomo de lucha de clases, cuando, por el contrario, fue siempre axiomático, históricamente, que la única patria del obrero es su propia clase. Más asombroso es aún, si cabe, que se hable de nacionalismo de izquierdas, cuando la izquierda es internacionalista por definición. En cualquier caso, parece evidente que nacionalismo y anarcosindicalismo son conceptos antagónicos, y ello por muchas razones: dejando a un lado que los intereses de los trabajadores son económicos y no políticos, lo cual ya sería una razón de peso, habría que tener en cuenta que la insolidaridad y el egoísmo son consustanciales con el nacionalismo, lo cual choca frontalmente con el concepto de solidaridad, principio fundamental de la ética libertaria. Además, los libertarios —que siempre hemos pretendido la máxima difusión de la cultura verdaderamente popular— vemos cómo las diferencias culturales (y muy especialmente la lengua) son utilizadas no para el mutuo enriquecimiento cultural, sino como arma arrojadiza contra el otro, e incluso como instrumento de opresión, en perfecta coherencia con el expansionismo y el anexionismo que están en la base de todo auténtico nacionalismo. Y para ello, si es preciso, se falsifica la Historia.

Pero, si recordamos un poco la Historia, no sólo veremos que los conflictos de intereses entre naciones han causado las guerras (en las que los trabajadores somos los perdedores seguros), sino que podremos comprobar también el comportamiento absolutamente reaccionario de los nacionalistas: desde la colaboración descarada con el nazismo de no pocos movimientos independentistas (por ejemplo, los bretones y los flamencos), hasta la vergonzosa traición de los gudaris, que se rindieron cobardemente en Santoña (Cantabria) en 1937, facilitando así el derrumbamiento de todo el frente norte.

Pero que quede claro que nuestra critica al nacionalismo es una critica a TODOS los nacionalismos. No estamos dispuestos a tomar partido por ninguno de los bandos, porque esa no es nuestra lucha, ya que nuestra meta irrenunciable es la desaparición del Estado (de todos los Estados) y, por supuesto, de toda forma de autoridad. En ocasiones se habla de anarcoindependentismo, pero eso no puede existir en el sentido político que se le da, y parece que el nacionalismo —el independentismo, en suma— está siendo utilizado como maniobra de distracción que desvíe a algunos incautos de sus verdaderos intereses, del mismo modo que fue utilizado hace ya un siglo el anticlericalismo que propagaba Alejandro Lerroux. Nosotros pretendemos —por utilizar la expresión clásica— la libre federación de libres asociaciones de trabajadores libres. Luchamos por el Comunismo Libertario. Esa es nuestra finalidad.

Editorial del periódico CNT 
Nº 341 - Enero 2008

La doctrina de Malthus

Published on: lunes, 24 de abril de 2017 // ,

PIOTR A. KROPOTKIN

Pocos libros han ejercido una influencia tan perniciosa sobre el desarrollo general del pensamiento económico como la que el Estudio del principio de población, de Malthus, ha tenido durante tres generaciones consecutivas. Apareció en un momento oportuno, como todos los libros que han alcanzado alguna influencia, asociando ideas ya existentes en el cerebro de la minoría privilegiada. Era precisamente cuando las ideas de igualdad y libertad, despertadas por las revoluciones francesa y americana, pugnaban por penetrar en la mente del pobre, mientras que los ricos se habían ya cansado de ellas, cuando Malthus vino a afirmar, contestando a Godwin, que la igualdad es imposible; que la pobreza de los más no es debida a las instituciones, sino que es una ley natural. «La población —decía— crece con demasiada rapidez; los últimos recién venidos no encuentran sitio para ellos en el festín de la naturaleza; y esta ley no puede ser alterada por ningún cambio de instituciones.» De este modo le daba al rico una especie de argumento científico contra la ideas de igualdad; y bien sabemos que, aunque todo dominio está basado sobre la fuerza, ésta misma comienza a vacilar desde el momento que deja de estar sostenida por una firme creencia en su propia justificación. Respecto a las clases desheredadas, las cuales siempre sienten la influencia de las ideas predominantes en un momento determinado entre las clases privilegiadas, Malthus las privó de toda esperanza de mejora; las hizo escépticas respecto a los ofrecimientos de los reformadores sociales, y hasta nuestros días, los reformadores más avanzados abrigan dudas en cuanto a la posibilidad de satisfacer las necesidades de todos, en el caso de que alguien las reclamase, y de que una mejora temporal de los trabajadores diera por resultado un aumento repentino de la población.

La ciencia, hasta el presente, permanece imbuida de esa doctrina. La economía política continúa basando sus razonamientos sobre una tácita admisión de la imposibilidad de aumentar rápidamente las fuerzas productoras de las naciones, y poder dar así satisfacción a todas las necesidades. Esa suposición permanece indiscutible en el fondo de todo lo que la economía política, clásica o socialista, tiene que decir sobre valor de cambio, salarios, venta de la fuerza de trabajo, renta, cambio y consumo. Ella no se eleva nunca sobre la hipótesis de un suministro limitado e insuficiente de lo necesario a la vida; la tiene por segura, y todas las teorías relacionadas con la economía política retienen el mismo principio erróneo.

Casi todos los socialistas admiten también semejante afirmación: y hasta en biología (tan íntimamente entrelazada con la sociología) hemos visto recientemente la teoría de la variabilidad de las especies prestar una ayuda inesperada, por haber sido relacionada por Darwin y Wallace con la idea fundamental de Malthus*, de que los recursos naturales deben inevitablemente ser insuficientes para suministrar los medios de subsistencia relativamente a la rapidez con la que se multiplican los animales y las plantas. En suma, podemos decir que la teoría de Malthus, al revestir de una forma pseudocientífica las secretas aspiraciones de las clases poseedoras de la riqueza, vino a ser el fundamento de todo un sistema de filosofía práctica, que, penetrando en la mente de todas las clases sociales, ha venido a reaccionar (como lo hace siempre la filosofía práctica) sobre la filosofía teórica de nuestro siglo.

(1898)



  * De ahí que socialdarwinismo y maltusianismo sean, en realidad, lo mismo. De lo que se deduce que el llamado 'socialdarwinismo' precede al darwinismo, y no lo contrario, como se ha creído durante mucho tiempo.

Surgimiento de los Estados del Miedo

Published on: viernes, 14 de abril de 2017 // ,

Por MUMIA ABU-JAMAL*

Lo que está pasando en los Estados Unidos y en Europa es para pensar y estudiar.

A simple vista, vemos tendencias a la derecha: pueblos timidos y resentidos dan el poder a modos politicos que prometen seguridad, especialmente al confrontar los ataques terroristas que han estallado y ensangrentado las capitales del mundo..

Sin embargo, viéndolo con calma observamos que la inseguridad económica, creada por la clase inversionista, ha desatado una guerra de austeridad contra la clase trabajadora y contra los pobres. Inseguridad económica engendra inseguridad política. Si a esto agregamos el fenómeno de los ricos que toman el poder, vemos que los multimillonarios ya no se contentan con simplemente rentar o comprar a los políticos.

Los ricos han eliminado a los intermediarios, ahora ellos mismos hacen la guerra de clases. Por eso hoy tenemos a Berlusconi, el magnate de los medios, en Italia; y a Trump, negociante en bienes raíces, en los Estados Unidos. Ellos entran en la política para enriquecerse ellos mismos y para enriquecer a los de su clase, en una descarada expresión del capitalismo de compinches.

¿Porqué estamos viendo hoy esto? Porque los partidos capitalistas neoliberales (como los socialdemócratas en Europa y los demócratas en los Estados Unidos), proponen planes de austeridad y apoyan políticas globalistas que benefician más a los inversionistas que a los trabajadores. Hacen ésto porque ellos reciben cantidades de dinero de los inversionistas que los patrocinan, y esos patrocinadores son pagados con políticas de negocios que favorecen sus ganancias.

Haciendo éso, quizás han enriquecido a sus partidos. Pero han perjudicado las posiciones sociales de sus votantes, que tienen que soportar la baja de sus salarios y la subida de los precios. Esto ha causado la enajenación de la clase trabajadora y el creciente desencanto y aún la desesperación entre los trabajadores, porque sus trabajos, especialmente los de manufactura, son llevados a otros países, donde la mano de obra es más barata.

Esa desesperación, que, por ejemplo, brotó de NAFTA, (del nombre en inglés, NorthAmerican Free Trade Agreement, Tratado Norteamericano de Libre Comercio), hizo que muchos siguieran a quien les prometió más y mejores trabajos, Donald Trump es buen ejemplo. En consecuencia, los que, en primer lugar, se beneficiaron con llevar los trabajos a otros países (los capitalistas) ahora se espera que esos mismos capitalistas los reemplacen con más y nuevos trabajos, ¡y con mejores salarios!

¿Se puede entender esto?

Los trabajadores que esperan que las mismas fuerzas políticas que los han empobrecido de pronto los hagan ricos, están soñando. Esos trabajadores esperan algo que jamás ha de llegar. Traicionados por sus viejos «aliados» neoliberales, en su desesperación ellos escuchan a demagogos derechistas que les prometen trabajo, pan y gloria. Uno podría pensar que han aprendido de los ejemplos de Alemania y de Italia de hace varias generaciones atrás.

El Partido Nacional-Socialista de los Trabajadores, de Hitler, conocido como el Partido Nazi, prometía la gloria, y manchó con infamia a todo el pueblo alemán. De igual manera, el Partido Fascista de Mussolini trajo degradación y destrucción a Italia.

Los pueblos se comprometen con este tipo de figuras en tiempos de desesperación económica, cuando los gobiernos «normales» parecen incompetentes. Incapaces de soportar los retos que confrontan, cuando las codiciones de vida bajan a peligrosos y desesperantes niveles, y cuando el mañana parece más triste que lleno de esperanzas…

Vemos ésto en los vastos movimientos anti-austeridad de Europa continental; así como en el reciente voto «Brexit» de Gran Bretaña. El neoliberalismo y su proyecto de globalización contra los trabajadores prepara el terreno; y todos aquellos que se sienten nacionalistas, se tragan la píldora.

Los socialistas y los verdaderos izquierdistas han sido puestos de lado y socavados por no servir a los intereses de los trabajadores, o por no oponerse con suficiente fuerza a los globalistas capitalistas. No me refiero aquí a movimientos revolucionarios ni a grupos políticos radicales porque éstos raramente ocupan posiciones en los gobiernos; y cuando lo hacen, se someten al pragmatismo político.

Me refiero a los partidos políticos en el poder en el Occidente capitalista, como el Partido Laborista de Inglaterra, los socialistas y socialdemócratas de los otros paises europeos y a los demócratas en los Estados Unidos, todos ellos abrazan el neoliberalismo, o la política del pragmatismo que sirve a los Mercados, mejor dicho, a la clase inversionista.

Y porque los mercados están al servicio de ésa clase, tienen que traicionar a la clase trabajadora, a los obreros, a los pobres, a los empobrecidos; a los oprimidos. Los mercados sirven como elegantes y altamente inteligentes y persuasivos servidores del capitalismo que construye cárceles masivas, descuida a las escuelas, hace que policías usen armas de guerra, vende la salud pública a los mejores postores, y mucho más, mientras se hacen pasar como Representantes del Pueblo.

El neoliberalismo, como es personificado por políticos de la clase del londinense Tony Blair, o Bill Clinton, Hillary Clinton y Barack Obama, de Washington, realmente significa política conservadora al servicio del mercado, represión policial y militar; y la subyugación de los trabajadores, pero todo éso hecho con clase, con una sonrisa, con palabras dulces y persuasivas; y con mucha cortesía. Escritores políticos por años han llamado a esto, El Tercer Camino [La Tercera Vía], algo que está al centro, entre la derecha y la izquierda. Éso es un gran disparate. Porque en realidad es conservador-derechista en la acción, mientras que su discurso suena izquierdista.

En los Estados Unidos apoya los encarcelamientos masivos de negros y latinos, redadas que son definitivamente racistas, y las guerras en Irak y Afganistán. Apoyó la destrucción de Libia, mientras proveía más armas a Israel.

Este es, en esencia, el generoso y gentil conservadurismo que abrió las puertas para la llegada de Donald Trump. Aquí, la política de la ilusión ha causado el surgimiento de la política del miedo y otra vez el surgimiento del fascismo.

Hoy es tiempo que la verdadera izquierda se organize; ¡Y SE PONGA DE PIE!


11 abril 2017


  * Mumia Abu-Jamal, miembro del Partido de los Panteras Negras, periodista y escritor que ha sido encarcelado por más de 35 años, después de haber sido condenado en un proceso judicial altamente sospechoso por el asesinato de un oficial de policía en 1981.

Anarquía y Democracia

Published on: domingo, 2 de abril de 2017 // , , ,

EL PRODUCTOR
(Barcelona, 13 de abril de 1888)

Son muchos aún los que desgraciadamente creen que democracia es sinónimo de libertad. En su acepción teórica y práctica, democracia significa gobierno de la mayoría; por el mero hecho de ser gobierno, ya deja de ser régimen liberal, puesto que implica la imposición ejercida por una mayoría y sufrida por una minoría.

Lo notable del caso es que por uno u otro motivo, la casi totalidad de los individuos que gimen bajo las cadenas democráticas, vienen a sufrir dicha imposición. En efecto, Juan, Pedro y Antonio forman una colectividad democrática: Juan y Pedro son partidarios de la idea religiosa y Antonio se ve privado de su libertad porque la mayoría le impone una contribución para suplir los gastos de unas rogativas en cuya eficacia no cree. A su vez, Juan y Antonio son partidarios del sistema capitalista y explotan a Pedro que nada posee y que se ve democráticamente despojado de su libertad económica. Por fin, Pedro y Antonio tienen patriotismo, y el infeliz Juan de cuyo cerebro no se ha apoderado aún esta monomanía, se ve obligado a obedecer la mayoría y a verter su sangre por una causa que le es completamente desconocida. Y si de esas cuestiones generales, pasamos a las particulares, nos encontramos con que los míseros ilusos que han creído en las propiedades medicinales de la planta democrática se ven a cada paso villana y democráticamente atropellados.

Hay más aún: muchos socialistas, y en particular los que pertenecen al partido político obrero, se agarran desesperadamente a la utopía democrática: pues bien, a pesar del desarrollo que toman las ideas regeneradoras; sea por efecto de la preocupación, sea por efecto de la actual rutina social, ello es que la mayoría de la humanidad no es aún socialista: luego esta minoría socialista, aunque sea la más consciente, convencida e ilustrada, no tiene más remedio, democráticamente hablando, que doblar la cerviz, y reconocer la legalidad del sistema que desgraciadamente defiende aún la mayoría de la humanidad por estupidez o por conveniencia. Lo cual equivale a decir que esos demócratas se niegan a sí mismos el derecho, y como por ende la libertad de luchar como luchan contra el orden de cosas establecido. ¡Negarse a sí mismos! Es a cuanto puede conducir un sofismo.

Entren pues en razón los que aún tienen la desgracia de estar preocupados: teocracia, aristocracia, democracia todo lo que signifique gobierno de uno o de muchos, es la negación de la libertad, del bienestar, de la dignidad.

¡Paso a la idea nueva, lógica, liberal, científica, filosófica!

¡Paso a la Acracia, a la No-Autoridad, a la Anarquía! 

La batalla de George Square

Published on: miércoles, 15 de marzo de 2017 // ,

El regreso de soldados tras la Primera Guerra Mundial creó un problema de paro y falta de vivienda que revolucionó a la clase obrera escocesa

Por RAFAEL RAMOS

Nadie en Inglaterra, ni siquiera la derecha más extrema, habló de enviar tanques a Escocia si gana la independencia en el referéndum de finales del verano. Pero hubo una vez, hace 95 [ahora 98] años, en que Londres desplegó diez mil soldados y vehículos acorazados en Glasgow, no para impedir la secesión sino en respuesta a una huelga general que paralizó la ciudad en demanda de mejores condiciones laborales. Lloyd George era primer ministro, Winston Churchill era ministro de la Guerra y ambos tenían pavor a una revolución bolchevique en territorio británico.

Era el 31 de enero de 1919, el levantamiento espartaquista alemán había comenzado en noviembre anterior, y la Revolución rusa en octubre [noviembre] del 17. Con la Primera Guerra Mundial recién terminada, y millones de soldados desmovilizados regresando a casa para sumarse a las colas del paro, el gobierno de Lloyd George temía que floreciesen en el Reino Unido las semillas del comunismo. Y eso no se podía permitir.


Glasgow es la ciudad más roja de todo el país. A orillas del río Clyde, en pleno centro hay una estatua de Dolores Ibárruri, la Pasionaria, y el propio Vladimir Lenin se refirió a ella como el Petrogrado británico, confiando de manera un tanto optimista en que las revueltas de los estibadores, maquinistas y mineros abriera las puertas al socialismo y acabasen con la monarquía. Esa revolución nunca llegó a cuajar. Pero son los descendientes de aquella clase obrera, hoy votantes del Labour [Partido Laborista] y en muchos casos todavía indecisos, quienes pueden decidir otra revolución: si Escocia se hace independiente.

Hasta entonces Glasgow no había tenido una particular tradición de militancia proletaria, y de hecho votaba al Partido Liberal en las elecciones. Decenas de miles de trabajadores se habían alistado voluntariamente, y los sindicatos (bajo entonces presiones políticas) habían accedido a no convocar ninguna huelga general hasta que terminase la Gran Guerra, y a no criticar las leyes represivas adoptadas por el Gobierno con el pretexto de la seguridad nacional. Sin embargo, los activistas antibélicos consiguieron organizarse y desarrollar en una estructura, sin ser atacados y denunciados como antipatriotas, como ocurrió en otras ciudades.

El descontento y la frustración con los políticos fueron aumentando conforme se prolongaba la guerra, y en particular en Glasgow, que era uno de los principales centros de fabricación de armamento del país, tenía una población muy superior a la actual, y un grave problema de vivienda. Los inmigrantes habían elevado el coste de los alquileres, y los nativos —en especial las mujeres cuyos maridos luchaban en el frente— no podían pagarlos. Diez mil maquinistas marcharon en Govan hasta el edificio de los Tribunales para protestar. Los desahucios estaban a la orden del día. Entonces, igual que ahora, los patronos de los astilleros y empresas textiles reemplazaban a los empleados con más antigüedad por mano de obra menos cualificada y más barata. El caldo de cultivo de una revolución estaba servido.

Las clases trabajadoras estaban hartas de que sus jóvenes lucharan y murieran en los campos de Francia y de Bélgica en defensa de un imperio de un establishment que las oprimía. El 1 de Mayo de 1918, cien mil personas se manifestaron en Glasgow contra la guerra. El 27 de enero siguiente, una organización sindical llamada Comité de Obrero de Clyde (CWC) convocó una huelga general para reducir la jornada laboral de 57 horas (comenzaba a las 6 de la mañana) a 40 horas [semanales]. Y a fin de paralizar por completo la ciudad, dio instrucciones a sus afiliados de que desconectaran del tendido eléctrico todos los tranvías de dos pisos que eran la principal forma de transporte público. El día 31, que era viernes, 70.000 personas se concentraron en George Square, cantaron La Internacional e izaron la bandera roja.


Mientras los líderes sindicales esperaban la respuesta del alcalde a sus demandas, las autoridades intentaron hacer entrar un tranvía en la plaza como símbolo de que la paralización había fracasado. Se armó el revuelo, la policía cargó con porras contra la multitud, los manifestantes se defendieron con las botellas de un camión de bebidas que asaltaron. Ladrillos y barras de hierro. En la batalla campal, que se prolongó varias horas y se extendió hasta el Glasgow Green, resultaron heridas 53 personas (34 huelguistas y 19 agentes).

Al día siguiente, el 1 de febrero, entraron en Glasgow seis tanques, un centenar de camiones militares y diez mil soldados que habían sido trasladados por la noche en tren, y se apostaron francotiradores en las azoteas de la Oficina de Correos (el recuerdo del Levantamiento de Pascua de 1916 en Dublín aún estaba muy presente) y del North British Hotel. Las autoridades prefirieron traer tropas de Inglaterra [que previamente habían controlado otras ciudades inglesas] que recurrir al regimiento escocés del cuartel de Maythill, por miedo a que se pusieran del lado de los trabajadores. La jornada laboral no quedó reducida a 40 horas, pero sí a 47, diez menos que hasta entonces. Dos de los organizadores de la revuelta fueron detenidos y condenados a cinco meses de cárcel. Unos cuantos desarrollaron exitosas carreras políticas.

«Creíamos que estábamos haciendo una simple huelga, y podríamos haber hecho una revolución», dijo con el tiempo Willie Gallagher, uno de los protagonistas de la batalla de George Square, en lo que fue bautizado como el 'viernes sangriento'. La plaza, llena de tiendas, es hoy un póster de cultura consumista.

La movilización de las tropas duró una semana, fue la mayor jamás realizada por el Estado británico contra sus propios ciudadanos y demostró hasta dónde está dispuesto a llegar el establishment para perpetuar el orden vigente, y aplastar cualquier intento de desmontar las estructuras de poder de la sociedad. Fuentes del Gobierno Cameron han empezado a insinuar que Londres no aceptaría la independencia de Escocia al margen del resultado del referéndum «si no nos ponemos de acuerdo en los detalles»... Un aviso.

La Vanguardia
3 marzo 2014

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